"La señora de la limpieza ha decidido que la mesa de la sala de reuniones está estupenda con doce sillas. Debe de pensar que trece es un número maldito. Y todos los días metemos una silla y todos los días ella la saca. Tendremos que poner una más".
El jefe supremo, ahora mismo.
Actualización:
"¿Para qué? ¡Para que sí! [golpe en la mesa]. Hay que tener de todo, aunque no lo uses. ¿Que sale una mierda? Pues la pruebas".
El informático de mi curro y la utilidad de las redes sociales.
lunes, 7 de mayo de 2012
miércoles, 25 de abril de 2012
Frase de la semana
"Por eso me gusta trabajar contigo, porque tienes cerebro"
El autor es mi compañero de al lado, que es un sol. La verdad es que es lo más bonito que me han dicho en el trabajo en mucho tiempo. Aún sigue sin batir la campaña "Laura indefinida" que inició un compañero de mis tiempos de becaria (y que no prosperó, creo que no hace falta ni decirlo).
Y como bonus, esta lindeza que me dejaron la semana pasada (a la que aún no sé cómo sobreviví) en Twitter:
lunes, 23 de abril de 2012
Defensa Contra las Artes Oscuras
Está visto que en todas partes hay un puesto maldito, y la empresa en la
que trabajo no iba a ser una excepción. Hoy ha llegado nuestro tercer
"profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras" (paso de dar el nombre
real del puesto, que no es de profesor pero algo sí que tiene que ver
con las artes oscuras). Si en los siete libros que fue capaz de parir J.K. Rowling iban a profe por año, nosotros ya llevamos tres en poco más de medio año. La diferencia es que a nosotros, en vez en un
curso, nos duran tres meses.
No sé qué pasa con el puesto, pero ya circula por la oficina el rumor de que es un puesto maldito. No sé si es el asiento, la naturaleza del puesto en sí o que da la casualidad de que la gente que ha pasado por ahí es más propensa a las desgracias, pero tiene una tasa de rotación muy muy alta comparada con el resto de las sillas, que no han cambiado de culo desde el primer día.
Alguien ha comentado que el nuevo tiene pinta de que va a durar más que los anteriores. Por si acaso esperaremos a que finalice el periodo de prueba, que estas cosas son muy traicioneras. Aunque yo, en su lugar, tendría cuidado con cosas básicas como mirar a los dos lados antes de cruzar o abrigarme bien al salir de casa, que nunca sabes cuándo te puedes llevar un disgusto, aunquen no sea laboral.
Si hay que elegir qué tipo de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras es, de momento tiene más pinta de Gilderoy Lockhart, premio a la mejor sonrisa siete veces consecutivas por la revista 'Corazón de Bruja'. Como ya se ha encargado de recordarme una amiga, nos falta "un hombre lobo medio gay, un impostor, una bruja, un tipo muy sexi con pinta de malo y luego ya unos gemelos malvados".
No sé qué pasa con el puesto, pero ya circula por la oficina el rumor de que es un puesto maldito. No sé si es el asiento, la naturaleza del puesto en sí o que da la casualidad de que la gente que ha pasado por ahí es más propensa a las desgracias, pero tiene una tasa de rotación muy muy alta comparada con el resto de las sillas, que no han cambiado de culo desde el primer día.
Alguien ha comentado que el nuevo tiene pinta de que va a durar más que los anteriores. Por si acaso esperaremos a que finalice el periodo de prueba, que estas cosas son muy traicioneras. Aunque yo, en su lugar, tendría cuidado con cosas básicas como mirar a los dos lados antes de cruzar o abrigarme bien al salir de casa, que nunca sabes cuándo te puedes llevar un disgusto, aunquen no sea laboral.
Si hay que elegir qué tipo de profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras es, de momento tiene más pinta de Gilderoy Lockhart, premio a la mejor sonrisa siete veces consecutivas por la revista 'Corazón de Bruja'. Como ya se ha encargado de recordarme una amiga, nos falta "un hombre lobo medio gay, un impostor, una bruja, un tipo muy sexi con pinta de malo y luego ya unos gemelos malvados".
martes, 17 de abril de 2012
Mal karma
Hay días que no... y no. Es lo que un compañero llama "mal karma". Y hoy ha sido un día con mal karma para dar y repartir: documentos públicos que no aparecen, cosas que se quedan olvidadas en casa, noticias que se pierden... y Cristina Fernández, la mujer recauchutada, liándola con YPF para disgusto de los periodistas que en ese momento estábamos trabajando.
Intenta manejar la oleada de teletipos mientras sigues el resto de las noticias sin que se te pase ninguna (por ejemplo, que manden a declarar a una exministra en un caso de corruptelas chungas) y ya de paso te haces una noticia ligerita para la edición de mañana. Lo mejor de todo es que la persona que se encarga de las noticias de energía y que lleva estas cosas al día está de crucero por el Caribe.
Si alguien tenía que darme una mala noticia y llevaba tiempo postponiéndolo, hoy hubiera sido un buen día, sobre todo cuando nos hemos enterado de que los señores ministros han decidido declarar a las 21.40. Para qué van a hacerlo a las 21.00, si han tenido cuatro días desde Cristinita, como la llama uno de mis jefes, dio el aviso. Ah, no, que si lo hacen a esa hora les pueden hacer una conexión en directo en el telediario.
Compañero - Joder, las 21.40, qué hora más rara.
Laura - No van a salir a esa hora [ante todo, realista]. Entre que van de un sitio a otro, se preparan y demás, a menos cuarto aún no habremos sabido nada.
Dicho y hecho: a menos cuarto aún no había empezado aquello.
Yo ya no pido que seamos puntuales. Sé que estamos en España y que hay una fuerza sobrenatural que nos empuja en el tiempo para que hagamos todo tarde. Sé por mis fuentes que esa fuerza existe en otros países de clima parecido, como Grecia, así que no soy quien para pedir a nadie que luche contra la naturaleza. Lo único que pido es un poco de consideración a la hora de convocar. O que, si convocas algo a las tantas, sea para decir algo, no para repetir lo mismo que dijo el ministro de tal hace unos días o el político de turno esta mañana. En estos momentos me acuerdo de mi antigua jefa maja y de una de sus grandes frases: "si supiéramos poner voces, podríamos hacer nosotros mismos las declaraciones de los políticos y no tendríamos que hablar con ellos para hacer las crónicas".
Descargada mi frustración contra el mal karma (para eso tengo blog), me voy a dormir.
Intenta manejar la oleada de teletipos mientras sigues el resto de las noticias sin que se te pase ninguna (por ejemplo, que manden a declarar a una exministra en un caso de corruptelas chungas) y ya de paso te haces una noticia ligerita para la edición de mañana. Lo mejor de todo es que la persona que se encarga de las noticias de energía y que lleva estas cosas al día está de crucero por el Caribe.
Si alguien tenía que darme una mala noticia y llevaba tiempo postponiéndolo, hoy hubiera sido un buen día, sobre todo cuando nos hemos enterado de que los señores ministros han decidido declarar a las 21.40. Para qué van a hacerlo a las 21.00, si han tenido cuatro días desde Cristinita, como la llama uno de mis jefes, dio el aviso. Ah, no, que si lo hacen a esa hora les pueden hacer una conexión en directo en el telediario.
Compañero - Joder, las 21.40, qué hora más rara.
Laura - No van a salir a esa hora [ante todo, realista]. Entre que van de un sitio a otro, se preparan y demás, a menos cuarto aún no habremos sabido nada.
Dicho y hecho: a menos cuarto aún no había empezado aquello.
Yo ya no pido que seamos puntuales. Sé que estamos en España y que hay una fuerza sobrenatural que nos empuja en el tiempo para que hagamos todo tarde. Sé por mis fuentes que esa fuerza existe en otros países de clima parecido, como Grecia, así que no soy quien para pedir a nadie que luche contra la naturaleza. Lo único que pido es un poco de consideración a la hora de convocar. O que, si convocas algo a las tantas, sea para decir algo, no para repetir lo mismo que dijo el ministro de tal hace unos días o el político de turno esta mañana. En estos momentos me acuerdo de mi antigua jefa maja y de una de sus grandes frases: "si supiéramos poner voces, podríamos hacer nosotros mismos las declaraciones de los políticos y no tendríamos que hablar con ellos para hacer las crónicas".
Descargada mi frustración contra el mal karma (para eso tengo blog), me voy a dormir.
domingo, 15 de abril de 2012
El club de los 27
Tengo un grupo de amiguetes, particularmente spammers, que este año están fundando su propio 'club de los 27' (es lo que tiene haber nacido en el 85). La diferencia con Jim Morrison y compañía (a parte de que siguen vivos y no tienen peligro de morir de sobredosis o de coma etílico) es que cada vez que entra un nuevo miembro se suman a las felicitaciones reflexiones de todo tipo sobre el paso del tiempo y sus consecuencias y lo que uno tendría que haber hecho o no a estas alturas de la vida.
Me quedan casi seis meses (menos siete días, concretamente) para ingresar en el club y tengo un propósito: llegar al 8 de octubre de 2012, día en que se conmemora mi llegada al mundo, con la menor cantidad posible de cosas pendientes. Vamos, que lo que no he hecho en los últimos años lo estoy haciendo ahora: visitas al dentista, liquidar todos los "ya lo haré otro día" acumulados, recuperar aficiones perdidas... La lista de trabajos pendientes va desde cambiar una lámpara que lleva años siendo provisional (objetivo conseguido hace dos días) hasta tomarme un poco en serio las visitas al gimnasio (con no saltarme ejercicios me doy por satisfecha).
De momento he terminado un libro que abandoné dos veces a medias, he cambiado los tiradores de los muebles de mi habitación, he vuelto a pintar (sí, sé pintar), me he comprado unas gafas de sol graduadas, voy a ponerme ortodoncia, he quitado de mi habitación todas las cosas que he considerado no aptas para alérgicos al polvo (lo que no significa que de pronto me haya vuelto ordenada, porque sigo viviendo en el caos. Más limpio, pero caos al fin y al cabo)... y así un largo etcétera de cosas no demasiado interesantes pero procrastinadas mil veces.
Aún me quedan un montón de cosas que hacer para poner la cuenta a cero de aquí al día señalado, aunque soy realista y sé que algunas no las voy a cumplir por falta de tiempo. En algo menos de seis meses (menos siete días, concretamente) veremos sí he sido constante y toda esta parafernalia ha dado resultado.
Me quedan casi seis meses (menos siete días, concretamente) para ingresar en el club y tengo un propósito: llegar al 8 de octubre de 2012, día en que se conmemora mi llegada al mundo, con la menor cantidad posible de cosas pendientes. Vamos, que lo que no he hecho en los últimos años lo estoy haciendo ahora: visitas al dentista, liquidar todos los "ya lo haré otro día" acumulados, recuperar aficiones perdidas... La lista de trabajos pendientes va desde cambiar una lámpara que lleva años siendo provisional (objetivo conseguido hace dos días) hasta tomarme un poco en serio las visitas al gimnasio (con no saltarme ejercicios me doy por satisfecha).
De momento he terminado un libro que abandoné dos veces a medias, he cambiado los tiradores de los muebles de mi habitación, he vuelto a pintar (sí, sé pintar), me he comprado unas gafas de sol graduadas, voy a ponerme ortodoncia, he quitado de mi habitación todas las cosas que he considerado no aptas para alérgicos al polvo (lo que no significa que de pronto me haya vuelto ordenada, porque sigo viviendo en el caos. Más limpio, pero caos al fin y al cabo)... y así un largo etcétera de cosas no demasiado interesantes pero procrastinadas mil veces.
Aún me quedan un montón de cosas que hacer para poner la cuenta a cero de aquí al día señalado, aunque soy realista y sé que algunas no las voy a cumplir por falta de tiempo. En algo menos de seis meses (menos siete días, concretamente) veremos sí he sido constante y toda esta parafernalia ha dado resultado.
jueves, 29 de marzo de 2012
Impossible is nothing
Ayer probé una ruta alternativa para ir a trabajar. Cuando vives en el extrarradio y trabajas más allá de la puerta de Tanhäuser, cualquier opción que te quite transbordos es bien recibida. Después de una exhaustiva investigación con el satélite de Google Maps, he encontrado una estación de Cercanías muy cerca de mi trabajo que supone dos transbordos menos. El problema es que esa estación sólo está abierta hacia un lado y es el contrario al que tengo que ir todos los días. Haciendo caso omiso de las indicaciones del "cómo llegar" a pie del mismísimo Google, que me decía que ni de coña, encontré un camino de la estación al trabajo.
Punto número uno: si Google dice "por ahí no, gilipollas", haz caso a Google, que sabe de lo que habla. Lo primero que me he encontrado es que la calle por la que se supone que tenía que bajar está cerrada al tráfico porque forma parte de las instalaciones de Renfe, así que he tenido que dar algo más de vuelta de lo previsto. No pasa nada, un pequeño contratiempo lo tiene cualquiera.
El resto del camino tampoco es que fuera especialmente bucólico pero era soportable. La tapia de campo de concentración que separaba las vías del tren de la calle desierta no es para tanto a plena luz del día. El problema ha llegado cuando he visto por dónde hay que cruzar al otro lado de la vía. Lo que en el satélite de Google parecía "un ratillo" se ha convertido en un cacho túnel. Bueno, se ve el fondo, así que vamos pa' dentro.
Después de andar un poco, aquello se ha empezado a poner siniestro. Por no haber no había ni bichos. Llamadme rara pero, cuando un espacio angosto y no muy limpio no huele a rancio ni tiene bichos, es sospechoso. Bueno, ya debo de ir por la mitad, ¿no? Pues no, casi no he avanzado. A tomar por culo, yo me voy de aquí.
Uno de mis compañeros vive en el mismo barrio y es el que me ayudó a encontrar la ruta alternativa, así que no creo que haya problema por llamarle para que venga a buscarme.
Tres "Buzón Movistar", después, consigo que coja el teléfono.
Compañero - Hola, ¿qué pasa?
Laura - Xxxx, ¿dónde estás?
C - En casa de mi madre.
L - Mierda...
C- ¿Qué pasa?
L - No, nada. ¿Recuerdas el túnel que vimos en Google Maps? Pues yo por ahí no cruzo.
C- ¿Por? ¿Cómo es?
L - Esto... ¿has estado alguna vez en un campo de concentración?
C - Sí.
L - Pues es como visitar un campo de concentración.
C - Bueno, no te preocupes, vamos hablando si tienes miedo.
L - No tengo miedo, es que no me da la gana cruzar esto.
Por otra parte, tampoco hay otra manera de llegar al trabajo llegados a este punto, así que...
Laura - Bueno, vale.
Un rato después...
Laura - Oh, mierda.
Compañero - ¿Qué pasa?
L - Nada, que el techo se refleja en el suelo y no me he traído las Hunter.
C - Pues justo hoy me ha llegado una nota de prensa de Hunter...
L - Ah, mira, por aquí se puede cruzar [pasar de todo siempre es más elegante que decir "¿y a mí qué coño me importa la nota de prensa de Hunter? ¡Quiero llegar a la oficina!"]
Un rato después...
Laura - Puff, por fin he salido de aquí. Le voy a hacer una foto para que veas lo que he tenido que cruzar.
Toma foto:

Ya en la oficina, nos ha dado por calcular la longitud del túnel.
Compañero - Tendría unos 700 metros.
Laura - No exageres, que no he estado tanto tiempo andando.
C - Yo creo que sí, que tenía cerca de un kilómetro.
L - A ver, tenemos la escala en el mapa. Tres dedos míos son 50 metros, así que son cinco... diez... quince... veinte... veinticinco... treinta... treinta y cinco ¡350 metros!
Lo dicho, "un ratillo".
Punto número uno: si Google dice "por ahí no, gilipollas", haz caso a Google, que sabe de lo que habla. Lo primero que me he encontrado es que la calle por la que se supone que tenía que bajar está cerrada al tráfico porque forma parte de las instalaciones de Renfe, así que he tenido que dar algo más de vuelta de lo previsto. No pasa nada, un pequeño contratiempo lo tiene cualquiera.
El resto del camino tampoco es que fuera especialmente bucólico pero era soportable. La tapia de campo de concentración que separaba las vías del tren de la calle desierta no es para tanto a plena luz del día. El problema ha llegado cuando he visto por dónde hay que cruzar al otro lado de la vía. Lo que en el satélite de Google parecía "un ratillo" se ha convertido en un cacho túnel. Bueno, se ve el fondo, así que vamos pa' dentro.
Después de andar un poco, aquello se ha empezado a poner siniestro. Por no haber no había ni bichos. Llamadme rara pero, cuando un espacio angosto y no muy limpio no huele a rancio ni tiene bichos, es sospechoso. Bueno, ya debo de ir por la mitad, ¿no? Pues no, casi no he avanzado. A tomar por culo, yo me voy de aquí.
Uno de mis compañeros vive en el mismo barrio y es el que me ayudó a encontrar la ruta alternativa, así que no creo que haya problema por llamarle para que venga a buscarme.
Tres "Buzón Movistar", después, consigo que coja el teléfono.
Compañero - Hola, ¿qué pasa?
Laura - Xxxx, ¿dónde estás?
C - En casa de mi madre.
L - Mierda...
C- ¿Qué pasa?
L - No, nada. ¿Recuerdas el túnel que vimos en Google Maps? Pues yo por ahí no cruzo.
C- ¿Por? ¿Cómo es?
L - Esto... ¿has estado alguna vez en un campo de concentración?
C - Sí.
L - Pues es como visitar un campo de concentración.
C - Bueno, no te preocupes, vamos hablando si tienes miedo.
L - No tengo miedo, es que no me da la gana cruzar esto.
Por otra parte, tampoco hay otra manera de llegar al trabajo llegados a este punto, así que...
Laura - Bueno, vale.
Un rato después...
Laura - Oh, mierda.
Compañero - ¿Qué pasa?
L - Nada, que el techo se refleja en el suelo y no me he traído las Hunter.
C - Pues justo hoy me ha llegado una nota de prensa de Hunter...
L - Ah, mira, por aquí se puede cruzar [pasar de todo siempre es más elegante que decir "¿y a mí qué coño me importa la nota de prensa de Hunter? ¡Quiero llegar a la oficina!"]
Un rato después...
Laura - Puff, por fin he salido de aquí. Le voy a hacer una foto para que veas lo que he tenido que cruzar.
Toma foto:
Ya en la oficina, nos ha dado por calcular la longitud del túnel.
Compañero - Tendría unos 700 metros.
Laura - No exageres, que no he estado tanto tiempo andando.
C - Yo creo que sí, que tenía cerca de un kilómetro.
L - A ver, tenemos la escala en el mapa. Tres dedos míos son 50 metros, así que son cinco... diez... quince... veinte... veinticinco... treinta... treinta y cinco ¡350 metros!
Lo dicho, "un ratillo".
domingo, 25 de marzo de 2012
Frase de la semana
Ya que estoy recuperando la costumbre de escribir en el blog, voy a recuperar también la sección Frase de la semana, que hace meses que no recibe contenido nuevo. Ahora sólo tengo que recuperar la costumbre de escribir en el otro blog, el serio, que mis lectores van a pensar que me he creído aquello de que el nuevo Gobierno iba a acabar con el desempleo y por eso no actualizo.
La frase de esta semana corresponde a mi profesora de ruski. No es tan carismática como la anterior pero tiene sus momentos, como éste:
Cualquiera que se haya enfrentado a un idioma extranjero conoce las aberraciones que pueden nacer de las traducciones literales (sin necesidad de caer en el "from lost to the river"). Estas cosas dan que pensar. Para mí, por ejemplo, que siempre he creído que el idioma define la mentalidad, este "te tiro... pero no muy lejos" no dice nada bueno de los hispanohablantes. Claro, que en inglés, directamente, deciden perderte ("I miss you").
Yo no sé qué es peor, que te pierdan o que te tiren "pero no muy lejos".
Bonus track
De la misma profe y en la misma clase:
La frase de esta semana corresponde a mi profesora de ruski. No es tan carismática como la anterior pero tiene sus momentos, como éste:
"Mejor no vamos a traducir "te echo de menos". ¿Qué es esto? Te-echo-de-menos: te tiro... pero no muy lejos."
Cualquiera que se haya enfrentado a un idioma extranjero conoce las aberraciones que pueden nacer de las traducciones literales (sin necesidad de caer en el "from lost to the river"). Estas cosas dan que pensar. Para mí, por ejemplo, que siempre he creído que el idioma define la mentalidad, este "te tiro... pero no muy lejos" no dice nada bueno de los hispanohablantes. Claro, que en inglés, directamente, deciden perderte ("I miss you").
Yo no sé qué es peor, que te pierdan o que te tiren "pero no muy lejos".
Bonus track
De la misma profe y en la misma clase:
"En Inglaterra no quedan mujeres guapas porque las quemó todas la Inquisición"
jueves, 22 de marzo de 2012
Manual de instrucciones
Muchas veces digo que la vida debería venir con un manual de instrucciones. Que te lo den al llegar a la madurez, le echas un vistacillo y en caso de duda consultas cómo proceder según la situación. A los bocazas nos vendría muy bien, sinceramente, y la humanidad en general se ahorraría unos cuantos disgustos.
Por ejemplo, en el terreno laboral (porque como entremos en otros jardines no acabamos nunca), ¿qué vocabulario hay que usar delante de un jefe? ¿Depende de la personalidad del jefe, de cuánto tiempo lleves en la empresa, del propio vocabulario que usa el jefe o da lo mismo? ¿Qué tipo de vivencias es adecuado contarles a los compañeros en la hora del café? ¿Todo lo que diga podrá ser utilizado en mi contra, aunque no tenga que ver con el trabajo?
Eso por parte del trabajador, que es la que me toca, aunque he visto algunas situaciones que hacen pensar que hay mercado para un manual de instrucciones para jefes. Ahí van algunos consejos basados en la experiencia real.
Consejo número 1: siempre hay alguien mirando (y no siempre es a propósito)
En la empresa en la que trabajo actualmente, los jefes tienen despachos con paredes de cristal. Eso, unido a que nunca cierran la puerta, hace que la privacidad sea casi nula dentro de la oficina. Tal como colocaron las mesas, uno de estos despachos me pilla justo de frente. Lo bueno es que tengo a uno de los jefes localizado en todo momento; lo malo, que veo demasiadas cosas.
Un día, una compañera estaba en mi mesa ayudándome con algo. De fondo se podía oir un "clic" a intervalos al que yo no di la menor importancia pero mi compañera levantó la vista de la pantalla y se quedó completamente bloqueada.
Compañera - Laura...
Laura - Dime
C - Esto... ¿[nombre que corresponda] se está cortando las uñas?
L - Ah, sí. No es la primera vez.
Y he de añadir que alguna vez le he visto incluso cortarse las uñas mientras sujetaba el teléfono con el hombro. En su defensa diré que siempre las recoge en un papel y luego lo tira a la papelera.
Consejo número 2: los cartelitos de "Hi, my name is..." son prácticos (y a veces hasta hacen gracia)
No volveré a contar aquello que pasó cuando mi compañero de mi época de becaria hizo la broma con estos cartelitos porque esa anécdota la tengo muy usada (lo siento por quien no la recuerde/conozca) pero he vuelto a pensar en la conveniencia de utilizarlos. La incapacidad de algunas personas para recordar los nombres de las personas con las que trabajan es preocupante.
El caso más flagrante es el de uno de los jefes que voy coleccionando en mi vida laboral, que siendo dos Lauras le costó varios meses recordar cómo nos llamamos. Y eso que las posibilidades de colocoarle a una el nombre de la otra y fallar eran nulas. Luego consiguió el complicado logro de recordar el que posiblemente sea el segundo nombre más común de España entre las mujeres de mi edad y, no contento con eso, se le ocurrió la genial idea de aconsejarme que les pidiera a mis padres un segundo nombre, para diferenciarnos. Claro que sí, hombre, yo se lo digo a mi madre cuando llegue a casa.
Consejo número 3: tampoco hay que pasarse
A todo el mundo se le hace más llevadero el día si tiene un jefe agradable pero tampoco hay que pasarse. Contar batallitas amenas está bien y además entretiene pero hay otras muchas cosas que podrían estar de más, como estos ejemplos (recopilados a lo largo de varios años y sin ordenar cronológicamente para que no se me acuse de nada):
- "Pues podríamos ir un día todos juntos a jugar al paintball". No, no es buena idea, lo siento. Todos querrían ir en el mismo equipo porque todo el mundo quiere experimentar lo que es pegarle un tiro al jefe. Más de uno estará acordándose ahora mismo de la partida de paintball de 'Buenos presagios'.
- "Pues entre la acusada y la jueza, no veas qué pibitas, que lo hemos visto antes en el telediario. ¿Verdad Laura?". Vaya por dios, ¿y yo ahora qué hago? ¿Paso del jefe? ¿Le doy la razón?
- "¿Tú te acuerdas de los muñecos estos que había hace unos años que se agarraban la minga?". Sí, a mí también se me quedó esa cara al oir la pregunta.
- "Anda, mira, copa gratis en [insertar nombre de club de alterne]. ¡Con lo caras que son!". Mejor pararle antes de que empiece a enumerar todas las tarifas.
El que saque el libro de instrucciones del mercado laboral se forra.
Por ejemplo, en el terreno laboral (porque como entremos en otros jardines no acabamos nunca), ¿qué vocabulario hay que usar delante de un jefe? ¿Depende de la personalidad del jefe, de cuánto tiempo lleves en la empresa, del propio vocabulario que usa el jefe o da lo mismo? ¿Qué tipo de vivencias es adecuado contarles a los compañeros en la hora del café? ¿Todo lo que diga podrá ser utilizado en mi contra, aunque no tenga que ver con el trabajo?
Eso por parte del trabajador, que es la que me toca, aunque he visto algunas situaciones que hacen pensar que hay mercado para un manual de instrucciones para jefes. Ahí van algunos consejos basados en la experiencia real.
Consejo número 1: siempre hay alguien mirando (y no siempre es a propósito)
En la empresa en la que trabajo actualmente, los jefes tienen despachos con paredes de cristal. Eso, unido a que nunca cierran la puerta, hace que la privacidad sea casi nula dentro de la oficina. Tal como colocaron las mesas, uno de estos despachos me pilla justo de frente. Lo bueno es que tengo a uno de los jefes localizado en todo momento; lo malo, que veo demasiadas cosas.
Un día, una compañera estaba en mi mesa ayudándome con algo. De fondo se podía oir un "clic" a intervalos al que yo no di la menor importancia pero mi compañera levantó la vista de la pantalla y se quedó completamente bloqueada.
Compañera - Laura...
Laura - Dime
C - Esto... ¿[nombre que corresponda] se está cortando las uñas?
L - Ah, sí. No es la primera vez.
Y he de añadir que alguna vez le he visto incluso cortarse las uñas mientras sujetaba el teléfono con el hombro. En su defensa diré que siempre las recoge en un papel y luego lo tira a la papelera.
Consejo número 2: los cartelitos de "Hi, my name is..." son prácticos (y a veces hasta hacen gracia)
No volveré a contar aquello que pasó cuando mi compañero de mi época de becaria hizo la broma con estos cartelitos porque esa anécdota la tengo muy usada (lo siento por quien no la recuerde/conozca) pero he vuelto a pensar en la conveniencia de utilizarlos. La incapacidad de algunas personas para recordar los nombres de las personas con las que trabajan es preocupante.
El caso más flagrante es el de uno de los jefes que voy coleccionando en mi vida laboral, que siendo dos Lauras le costó varios meses recordar cómo nos llamamos. Y eso que las posibilidades de colocoarle a una el nombre de la otra y fallar eran nulas. Luego consiguió el complicado logro de recordar el que posiblemente sea el segundo nombre más común de España entre las mujeres de mi edad y, no contento con eso, se le ocurrió la genial idea de aconsejarme que les pidiera a mis padres un segundo nombre, para diferenciarnos. Claro que sí, hombre, yo se lo digo a mi madre cuando llegue a casa.
Consejo número 3: tampoco hay que pasarse
A todo el mundo se le hace más llevadero el día si tiene un jefe agradable pero tampoco hay que pasarse. Contar batallitas amenas está bien y además entretiene pero hay otras muchas cosas que podrían estar de más, como estos ejemplos (recopilados a lo largo de varios años y sin ordenar cronológicamente para que no se me acuse de nada):
- "Pues podríamos ir un día todos juntos a jugar al paintball". No, no es buena idea, lo siento. Todos querrían ir en el mismo equipo porque todo el mundo quiere experimentar lo que es pegarle un tiro al jefe. Más de uno estará acordándose ahora mismo de la partida de paintball de 'Buenos presagios'.
- "Pues entre la acusada y la jueza, no veas qué pibitas, que lo hemos visto antes en el telediario. ¿Verdad Laura?". Vaya por dios, ¿y yo ahora qué hago? ¿Paso del jefe? ¿Le doy la razón?
- "¿Tú te acuerdas de los muñecos estos que había hace unos años que se agarraban la minga?". Sí, a mí también se me quedó esa cara al oir la pregunta.
- "Anda, mira, copa gratis en [insertar nombre de club de alterne]. ¡Con lo caras que son!". Mejor pararle antes de que empiece a enumerar todas las tarifas.
El que saque el libro de instrucciones del mercado laboral se forra.
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