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lunes, 9 de agosto de 2010

Ruta 66: Braidwood (actualizado)

Después de haber pasado por Chicago, Estados Unidos no es como pensábamos los que nunca estuvimos allí ni como recordaban los que ya habían visitado otras ciudades. Ni las ciudades ni la ropa ni los coches. Además tenemos una maleta de menos.



Repito lo que dije en el post de presentación: ya sé que la calidad del vídeo (y sobre todo del audio) es una mierda pero también sé que mi cutrecámara mini-DV no da más de sí y que los rayos X del control del aeropuerto no son buenos para las cintas.

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Actualización: he arreglado un poco el audio (dentro de lo posible) y he puesto subtítulos.

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martes, 8 de junio de 2010

Día 16 (08-05-2010)

Hoy, el día empieza muy pronto y no se sabe muy bien cuándo acaba. Cosas de los cambios horarios, que salimos de San Francisco un sábado y llegamos a Madrid un domingo.

¿Recordais mi incidente con la cena? Pues al final no fue algo malo. De hecho, a la mañana siguiente mi estómago y yo estábamos ferpectamente y los demás aún se estaban acordado de de las dos pizzas. Pues mira, eso que gano.

Nos levantamos vete tú a saber a qué hora pero aún es de noche y son menos de las 4, porque es la hora a la que nos ofrecen ir en el bus que lleva a la gente de los hoteles al aeropuerto y les decimos que es demasiado tarde. Pedimos un taxi y el recepcionista nos ameniza la espera contándonos que él y su mujer no viajan al extranjero porque a él le dan miedo los aviones y a su esposa le dan miedo los barcos. Cuando llega el taxi, vemos que lo que nos han mandado es algo parecido a nuestro Explorer sucio, pero amarillo y más pequeño, que huele raro por dentro y conducido por un señor que no sabemos si es así o es que viene de empalmada después de haberse hecho amigo del tipo de la camiseta de la selección de fúrgol de Croacia. Al igual que sucedió en Las Vegas, volvemos a temer por nuestra vida.

Llegamos al aeropuerto sanos y enteros, sacamos nuestras maletas y facturamos directamente a Madrid. Aunque nosotros tengamos que pasar por Chicago, donde cogeremos un vuelo de otra compañía (nuestra querida Iberia), nos dan esa opción en el mostrador de American Airlines. Pues casi mejor.

Nos vamos de la cola de la facturación a la cola del control de seguridad. En los cartelitos vemos que tienen activada la alerta antiterrorista naranja (pues no son exagerados ni nada). Aquí sí hay que quitarse los zapatos pero esta vez no he venido preparada con los calcetines de descalzarse en público, sino que llevo unos calcetines blancos de deporte. Pasamos el control y esperamos al embarque. Todo va bien y sin retrasos y subimos al avión a la hora prevista. En cuanto puedo reclinar el asiento, aprovecho para echar un sueñecito.

Llegamos a Chicago, salimos a la zona de los equipajes y comprobamos que no han abandonado nuestras maletas en la cinta de recogida. Después salimos, vamos al mostrador de Iberia a por las tarjetas de embarque y esperamos un buen rato a que abran los mostradores de facturación. Hechos todos los trámites, nos ponemos a la cola para el siguiente control.

Nos toca un segurata majete que sabe español pero poco. Nos dice que "los zapato directo", lo que interpretamos como "pongan los zapatos en la cinta, por favor". También nos pregunta como se dice "X-ray" en español pero lo más aproximado que conseguimos de él es "raños equis". Al final, el del restroom le dice que también se puede decir "escáner" y el tipo, ya feliz y contento, pide a todos los pasajeros que pasen por el escáner. Yo no sé lo que estará viendo esta gente en la máquina de "raños" pero nos tienen retenidos un buen rato esperando con nuestras bandejitas de plástico llenas de trastos.

Después del control, nos toca esperar muuucho tiempo. La historia de las tres horas de retraso del vuelo Chicago-Madrid ya la expliqué en otro post (bueno, en realidad hablo de ello en dos post, uno de ellos con explicación del vuelo Madrid-Berlín incluida), así que no me repito y doy la Ruta 66 por terminada. Encantada de tenerlos a todos ustedes por aquí.

lunes, 7 de junio de 2010

Día 15 (07-05-2010)

Hay que dejar la habitación antes de las 12 pero hay un pequeño problema: el busca-balas y yo nos hemos dormido porque se nos olvidó poner el despertador y nos despertamos a las 11:15. Llamamos a los otros dos por teléfono para comentarles el percance y parece que no tienen mucha mejor organización. Uno de ellos se quedó dormido encima de la cama con la ropa puesta y ha amanecido en la misma posición, sin saber ni cómo ni cuándo se quedó dormido. El otro también está perjudicado por los excesos de la noche anterior pero se le nota menos porque es más hablador y más activo.

Mientras desayunamos, los dos resacosos nos cuentan que entablaron amistad con un tipo que llevaba una camiseta de la selección de furgol de Croacia. Este señor les invitó a unos chupitos, de ahí parte del estado en que los encontramos por la noche tras la llamada a las gordas (porque no eran gruesas, eran gordas).

Llamo a recepción para avisar de que necesitaremos unos minutos más pero nadie coge el teléfono. Como lo de dar aviso no funciona, recojo las dos llaves y las dejo en recepción mientras los resacosos terminan de guardar sus trastos en las malesta. Las llaves no son necesarias para cerrar pero sí para abrir, así que más les vale no dejarse nada.

La primera visita de hoy es a una lavandería. No me quedaba ropa limpia, era algo necesario, y además cuando llegue a Madrid tengo que salir pitando para Alemania y ni tengo tiempo para lavar ni tengo tanta ropa. Echamos la mañana en lavar ropa y además nos ponen una multa de aparcamiento porque no hemos calculado bien el tiempo y el parkímetro se ha quedado a cero.

Salimos del centro de la ciudad hacia el aeropuerto, que es donde tenemos que devolver el coche y donde está el último motel del viaje. Pero antes de llegar, nos desviamos para comer y probamos el pollo de Popeye's, que tendría que haberse exportado a Europa en lugar del Kentucky. Después de ponernos hasta arriba de pollo por un módico precio, nos vamos al motel, localizamos Hertz y vamos de excursión a un centro comercial para hacer algunas compras. Mi madre se ha acordado el último día de viaje de que quiere una camiseta negra (como si no hubiera tenido tiempo) y habrá que llevársela.

Después de buscar sitios para cenar, nos conformamos con dos pizzas del Pizza Hut para llevar, que nos zampamos en la habitación del motel. Después, ellos van a devolver el coche y yo me quedo en la habitación y aprovecho el momento de tranquilidad (bastante largo, porque tienen que volver a pie) para ducharme y ver un poco la tele.

Como vamos a dormir muy poco, la habitación que hemos cogido tiene dos camas para los cuatro. Para lo poco que vamos a dormir hay muchas ganas de dar por culo, como si nos hubiéramos aguantado poco durante el viaje. Primero fue el manso, que cumplió su amenaza de amenizar la noche (siempre con mi oposición) con grandes éxitos pachangueros de principios de la década (la de los dosmiles, que no sé cómo se llamará).

En una de estas, enganchó a su compañero de cama y se pusieron los dos a ver sabedios qué vídeo. El busca-balas decidió aprovechar este momento de camaradería y despiste para atacar mientras yo le cubría. A la señal del buscabalas, me muevo en la cama para hacer ruido que disimule que él también se está moviendo. Se prepara y salta en la cama sobre los otros dos. En cuestión de microsegundos (recordemos: un microsegundo es el tiempo que pasa entre que la luz del semáforo se pone en verde y el de detrás te pita), el busca-balas cayó sobre la otra cama, el manso pegó un bote y apareció en la puerta (que ya de paso abrió, por si había que seguir huyendo), el hombre del restroom echó al busca-balas de la cama, que terminó en el suelo, se levantó y fue corriendo en paños menores hacia el manso.

Para hacerlo más divertido, podría decir que salieron los dos en paños menores corriendo por el exterior de la segunda planta del motel pero sería mentira. En vez de seguir haciendo el moñas, decidimos que ya va siendo hora de dormir algo pero poco (el vuelo sale a las 6:10). Como yo me he portado bien y todavía no he dado por saco a nadie, me tiene que pasar algo. ¿El qué? Pues que la cena me ha sentado como una patada en el estómago y me obliga a correr hacia el baño. Ahora sí qué podemos dormir, que mañana nos espera un día muy intenso.

Foto del día: no sé qué es pero es la última foto que hice en San Francisco.

jueves, 3 de junio de 2010

Día 14 (06-05-2010)

Dejamos el coche en el parking del motel, donde, inexplicablemente, también hay un Ferrari, y nos vamos a hacer turismo a pie. Creo que es la segunda vez que andamos en todo el viaje. La primera fue en el Gran Cañón y todos estábamos tan atrofiados después de tanto tiempo sin movernos del coche nada más que para comer, dormir, echar gasolina e ir al restroom que al día siguiente teníamos agujetas. En San Francisco nos fue mejor, a pesar de las subidas y bajadas.

Visitamos una calle que es de bajada con cinco curvas, fuimos al puerto, hicimos una excusión muy chunga con un barco a Alcatraz (bueno, a ver Alcatraz, porque no nos bajamos) y probamos suerte con la comida en el barrio italiano. No fue como esperábamos y nos costó un buen rato encontrar un restaurante. Luego volvimos al puerto para ver el submarino Pampanito.

Con mi carnet de la biblioteca de donde estudio ruso y el carnet de estudiante del busca-balas, pasamos los cuatro como universitarios con entrada reducida. El busca-balas hace de guía (cada uno tiene su tipo de frikismo) y nos ahorramos los 2$ de las audioguías, que da la casualidad de que son iPod Shuffle (igualito que en el Gugenheim de Bilbao, que eran unos cacharros negros enormes).

Después volvimos a por el coche, para cruzar el Golden Gate y después subir a un mirador a ver la ciudad entera desde arriba. En una guía online, el busca-balas había visto un centro japonés que parecía bonito. Lo buscamos, nos perdimos (incluso siguiendo al GPS, que ya es triste) y por fin lo encontramos. Era una mierda pero al menos teníamos localizado Japantown.

Volvemos otra vez al motel y, con Japantown ya localizado, hacemos otra vez el intento de la comida japonesa de verdad, rica y barata. Nos sale estupendo: 15$ por persona y terminamos bien llenos de muchas cosas ricas, entre ellas un sushi maravilloso. Ahora estaría bien salir un rato a tomar algo.

Tenemos miles de bares cerca del motel, así que dejamos el coche aparcadito y vamos a pie. Vemos un sitio que tiene buena pinta pero hay una pega: ¿dónde está la puerta? Pensamos que quizá se comunique con el de al lado, entramos y resulta que no tienen nada que ver. El sitio en cuestión deja mucho que desear, así que seguimos investigando y vemos otro más lleno y parecido a los pubs irlandeses que hay por aquí en cantidades ingentes.

Hacemos nuestros pedidos y el busca-balas pregunta al camarero si esto que estamos pidiendo es muy común por aquí. Casualmente, lo de ellos sí, a mí me dice que el vodka con limón no lo pide nadie y que es una cosa muy europea. Después de la segunda ronda, el busca-balas y yo nos marchamos y los otros dos se pasan a los vasos más grandes que tenía el local (que son, más o menos, del tamaño de los vasos grandes de Ikea). Espero que no tengan ningún problema, porque hemos dejado solos a los que menos inglés saben.

Al rato, llamada telefónica a nuestra habitación. Es el del restroom y tiene voz de llevar una moña considerable. Parece ser que han llamado a dos chicas (él dice que eran gruesas, yo digo que eran gordas) que se hospedan en otra habitación del mismo motel. Las intenciones que tenían ellos podían ser sanas o no, depende ya del criterio de cada uno, pero ellas han amenazado con llamar a la policía.

Hacemos una reunión de emergencia en la habitación de ellos y decidimos que yo iré a pedirles disculpas. Si después de mis grandes habilidades comunicativas están receptivas, les endosamos a los dos chicos y sus respectivos pedales y las dos botellas de cerveza de raíz que nos regalo Gary Turner y nadie fue capaz de beberse como muestra de buena fe. Antes de mandarme al peligro, nos aseguramps de que tienen la luz encendida para no molestar y vemos que han salido de la habitación para fumar.

Bajo y veo que de cerca son más grandes de lo que yo creía. Sobre todo una de ellas que es muy alta y puede dejarme K. O. de una bofetada. Cada vez entiendo menos por qué las han llamado. Miro hacia la ventana de la habitación donde me esperan y veo que, por alguna razón que no alcanzo a comprender, han apagado la luz, aunque distinto al manso agazapado entre la ventana y la cortina. Vamos Laura, sé valiente y demuestra que un título del Trinity College sirve para algo.

La más grande parece muy muy muy molesta y es la que me contesta, de mala gana, mientras la otra me mira como diciendo "la que te han liado". La otra está algo más receptiva pero no tanto como para convencer a su amiga de dejarse encasquetar a estos dos. A ver, sabemos que no os han despertado porque teníais la luz encendida y entiendo que os habrá molestado que os llamen dos veces seguidas a la habitación unos desconocidos. Aceptan mis disculpas (las palabras literales fue "aceptamos tu disculpa, cariño") y entiendo que no hay nada más que hacer. Quizá las dos chicas sean pareja, quién sabe.

Vuelvo al campamento base, les cuento a los tres qué ha ocurrido y dejamos a los dos perjudicados durmiendo la mona.

Foto del día: cuidado, que vienen curvas.

miércoles, 2 de junio de 2010

Día 13 (05-05-2010)

Oficialmente, ayer llegamos al final de la Ruta 66. ¿Por qué sigo? Pues porque seguro que alguien se me enfada si dejo el viaje a medias, aunque los últimos días no formen parte estricta de la Ruta.

El plan de hoy es ir a Laguna Seca y, después, seguir hasta San Francisco. Por el camino vemos los famosos viñedos californianos y todos nos echamos un sueñecito durante algún momento del viaje. Ya hemos terminado, tenemos derecho a descansar ¿no? Además, ahora vamos más relajados porque no tenemos que estar pendientes de introducir continuamente direcciones en el GPS, de consultar las guías o de buscar en el atlas por dónde sigue una carretera que ya no existe.

Pero lo primero de todo es salir de Los Ángeles. Aprovechamos para ver alguna última cosilla por la mañana, como las urbanizaciones de lujo donde viven los famosos. No tenemos ni puñetera idea de dónde queda pero yo, que estoy muy puesta en los asuntos de Hollywood, conozco el nombre de la calle donde comienza ese barrio, así que la ponemos en el GPS. Después de un rato dando vueltas por allí y constatando que, efectivamente, esas casas son muuuy caras, nos encontramos con la camioneta que hace el tour guiado para los turistas y decidimos seguirlos.

Sin audioguía no es lo mismo pero no pienso pagar para que me metan en una furgoneta con el techo cortado y bancos anclados al suelo, que es donde llevaban a los turistas. A pesar del apaño, reconozco que tuvimos una falta de previsión muy grande al no agenciarnos uno de esos famosos mapas de las casas de las estrellas que se venden por todas las zonas turísticas de Los Ángeles.

Salimos de Los Ángeles y el coche nos pide que le echemos gasolina. No pasa nada, encontrremos una gasolinera antes de que la reserva se agote. Ahí va, si era esa salida. Nada, pues habrá alguna más cerca, busquemos en el GPS. Pues no, la que nos hemos pasado era la más cercana y ahora hay que volver. Estupendo el coche tiene tantas millas de autonomía como las que quedan para llegar a la gasolinera. Con expectación, vamos mirando a la pantallita del GPS, que marca la distancia que queda, y al panel del coche, que nos avisa de la autonomía. Al final llegamos a la gasolinera con una milla de autonomía en la pantallita verde. Uf. Ya que hemos parado, aprovechamos para comer, que va siendo hora.

Continuamos hasta Laguna Seca, donde llegamos ya hacia el final de la tarde. Hemos preguntado por teléfono antes de salir de Los Ángeles si se puede visitar el circuito pero, aún así, buscamos a alguien con quien hablar para que nos indique por dónde podemos pasar y por dónde no. Como era de esperar, no encontramos a nadie en las oficinas. Después de dar muchas vueltas, vemos a un ranger de los que vigilan el complejo (circuito, parque y camping) y le preguntamos si se puede visitar el circuito, por dónde podemos entrar y cómo llegar al sacacorchos.

Seguimos enredando por la zona, hacemos fotos y yo me quedo por ahí enredando con la cámara. Cuando me quiero dar cuenta, el manso y el del restroom han saltado la valla y se han colado en la pista. Y el busca-balas ya iba hacia ellos para hacer lo propio. Menos mal que el ranger no nos ve, que era muy grande. Aunque lo único que nos prohibió fue meter el coche en la pista (cosa totalmente normal y comprensible).

Después de esta visita cultural, seguimos hasta San Francisco, donde llegamos a las mil de la noche. El hotel es un motel, eso sí, muy bien situado y de tres plantas. El ascensor suena raro, es viejuno y huele raro (prefiero no saber a qué huele). En general se podría decir que el motel ha sobrellevado mal el paso del tiempo, sobre todo las puertas. Viendo cómo es el hotel por fuera, me espero cualquier cosa de las habitaciones, y no buena precisamente.

Tras pasar varias veces las tarjetitas magnéticas por la ranuera, ver cómo se enciende la lucecita verde que indica que podemos abrir y que las puertas no se abran, por fin conseguimos entrar ¡Copón! La habitación no es como yo me la esperaba: muebles nuevos, nevera, máquina de café, baño reformado, despertador eléctrico y lo mejor de todo: una tele muy grande de pantalla de plasma. Pues para estar así de bien y además en una calle principal de la ciudad la verdad es que ha salido muuuy bien de precio.

También estaría bien ir a cenar, que todavía no lo hemos hecho. Los restaurantes cercanos al hotel, que son muchos y muy variados, quedan descartados por la hora. Lo único que queda abierto es un Taco Bell + Kentucky Fried Chicken (comparten local), donde presenciamos una peregrinación de extraños personajes, no todos ellos con la excusa de estar borrachos.

Después de la cena y de leer los mensajitos de los sobres de limpiarse las manos (el del busca-balas decía algo así como "pídele a alguien que se case contigo"), volvemos al hotel, nos duchamos, nos vamos a la cama y comprobamos que la tele funciona correctamente. Cuando cerramos los ojos eran las 01:35.

Aún no hemos podido ver nada (bueno, sí, la gente rara del Taco Bell y cómo los cables de los trolebuses echan chispazos) pero San Francisco tiene buena pinta. A ver qué nos depara mañana, a la luz del día.

Foto del día: atardecer en Laguna Seca.

martes, 1 de junio de 2010

Día 12 (04-05-2010)

La gasolinera más barata del pueblo está a 3,05$ el galón, que comparado con los 2,70-2,80 que veníamos pagando en otros estados es una pasada. Esos 3,05$ se convierten en 3,15$ por pagar con tarjeta de crédito. Hay una oferta que te deja la gasolina a 2,95$ si lavas el coche pero ni queremos lavarlo ni nos compensa el precio del lavado con lo que vamos a ahorrar.

Los pueblos de California que nos quedan hasta llegar al final (Santa Mónica) tienen poquito que ver. La mayoría de las cosas que vienen en la guía son carteles que se ven perfectamente sin bajar del coche, por lo que hoy pasaremos la mayor parte del tiempo en el coche.

Uno de los carteles que vienen en la guía es el de un restaurante que hace hamburguesas de búfalo. Mira, pues esto nos interesa y, ya de paso, paramos a comer. Ese cartel es más complicado de encontrar, porque nadie se ha acordado de podar las plantas de alrededor en décadas. Después de cuatro hamburguesas de búfalo (una para cada uno, no me seais bestias), seguimos hasta Los Ángeles, que ya es civilizado (aunque a su manera, que todos hemos visto alguna vez Ley y Orden) y no tiene nada que ver con lo que hemos visto hasta ahora.

Ya en Santa Mónica, intentamos averiguar cuál es el final de la Ruta 66. Las guías dicen que hay varios y los vamos poniendo en el yi-pi-es a ver si damos con alguno que esté señalizado como final de la Ruta 66. Sólo queremos una señal, una placa, una indicación o cualquier cosa que marque que ya hemos llegado. Cerca de la playa, vemos por casualidad una señal de la Ruta 66 clavada al lado de un puesto de información turística. Aparcamos cerca, nos hacemos fotos con ella e, inmediatamente después, sale la señora del chiringuito de información a quitarla y meterla dentro. Vale que Los Ángeles no es como los pueblos de Missouri pero tampoco nos la íbamos a llevar puesta.

Divisamos la playa a través de la espesa niebla y decidimos acercarnos al agua que ninguno de nosotros se ha remojado los pieses nunca en el Pacífico. Nos quitamos las zapatillas y los calcetines y tiramos con ellos en la mano hasta la orilla. El día es de todo menos playero pero a saber cuándo volveremos a ver el Pacífico. El agua del mar está helada, así que decidimos que lo mejor para bañarse es tirar de la piscina del hotel. Aunque esté al aire libre, el agua está estupenda pero al salir nos congelamos (el clima no acompañaba).

Después de ducharnos y establecernos, vamos a dar un paseo por Hollywood. Aviso a quien quiera ir: pasad de los actores actuales, es imposible hacerse una foto con sus huellas en el teatro Chino. Sobre todo si vas buscando a Johnny Depp, porque había un corro de unas 50 niñatas pegando voces alrededor del trozo de cemento con su nombre.

Para cenar, tenemos una idea maravillosa: entrar en algún barrio asiático (Koreatown, por ejemplo) en busca de sushi de verdad y barato. La idea era buena pero nos encontramos con dos problemas importantes: el idioma (los sitios que podrían servir a nuestro propósito tienen los letreros y las cartas en japonés y coreano) y el horario (aquí también cierran pronto).

Al final vamos a lo de siempre: Hooters. Aunque esta vez sí nos falló. Llegamos por los pelos (20 minutos antes de la hora de cierre) y nos fuimos molestos con la camarera. La señorita Sherry (que así se llamaba) pasaba de atendernos y fue a sentarse a una mesa donde estaban montando un escándalo tremendo y tenían monopolizadas a varias camareras. Espero que la propina que dejaran esos tipos fuera buena, porque nosotros pasamos de hacerlo.

Oficialmente hemos terminado la ruta pero aún quedan cuatro días de vacaciones. Antes de dormir, nos reunimos los cuatro en una de las habitaciones para buscar el alojamiento en San Francisco y mirar si podemos ir a Laguna Seca antes. El busca-balas se encarga de manejar el portátil. Detrás de él, íbamos leyendo la información que aparecía en pantalla mientras el bajaba el scroll. De pronto, el scroll deja de bajar. Habrá visto algo. Pero si en esa parte de la pantalla no hay nada. Esto... bien se ha quedado dormido, creo que podemos dar el día por terminado e irnos a la cama.

Foto del día: playa de Santa Mónica.

lunes, 31 de mayo de 2010

Día 11 (03-05-2010)

Estábamos los cuatro juntos desayunando el cutre-café del hotel (cosa más asquerosa), cuando nos interrumpió un aviso de megafonía. No sé vosotros pero yo he oído algo de "fire" (fuego). Llamamos a recepción para preguntar qué pasa y nos dicen algo que no tiene nada que ver. Pues vale.

Al poco rato, vuelve a sonar el mismo aviso. Ahora también he entendido "systems". Resulta que ha habido algún problema con los sistemas de emergencia para incendios. Cuando vamos por el pasillo, cargados con nuestras maletas y dispuestos a salir del hotel, encontramos que todas las puertas de emergencia están cerradas. Por suerte, no están bloqueadas y podemos pasar hacia los ascensores y bajar a hacer el check-out.

Lo siguiente es esperar para recoger nuestro Ford Explorer con mugre de ocho estados. Esperemos que no lo hayan lavado, porque ya nos hemos acostumbrado a la roña del coche y es casi tan importante como las botellas de agua (de las que ya van quedando muy poquitas) o el "yi-pi-es". Pues no, no lo han lavado. El último día habrá que hacerle una foto y comparar con el día que lo recogimos en Chicago, limpito y brillante.

Cargamos el coche, salimos de Las Vegas, salimos de Nevada, tiramos para California y paramos a comer en la primera oportunidad que tenemos. Es difícil de creer pero era la primera vez en diez días que comía pasta. Después de comer, toca seguir adelante con un calor de la hostia, tanto por el sol que pega como por la temperatura (unos 30ºC). Esta parte de California es monótona y aburrida, yo creo que sólo tenían un matojo y lo han repetido ad infinitum con el tampón de clonar para que no sea todo tierra. Por si el paisaje fuera poco aburrido, la carretera es una recta y ¿he mencionado ya que el paisaje es siempre igual? Tampoco pasamos por pueblos ni nos cruzamos con gente (bueno sí, nos cruzamos con una ciclista que nos saludó muy eufóricamente).

Por fin llegamos a Barstow, un pueblo grande con muchos moteles. Como ya es hora de parar, elegimos uno, no sin antes recorrer toda la vía principal y de preguntar en un hotel de cadena, donde nos piden 109$ más tasas por cada habitación doble. Elegimos un motel con piscina con idea de darnos un bañito pero resulta que no la abren hasta dentro de dos semanas. Mientras estos se deciden y rellenan las fichas de las habitaciones, me pongo a hablar con la recepcionista, que nos recomienda que vayamos a ver nosequé parque natural que está a hacer puñetas. Después de ocupar nuestras respectivas habitaciones, vamos a dar una vuelta por un centro comercial.

Tras la visita cultural a las tiendas, cenamos en el restaurante chino-americano de enfrente del motel. La china del restaurante dijo algo de la camiseta del busca-balas. Primero sonrío, por lo que creíamos que había pillado la gracia. Luego dijo algo que nos hizo pensar que sólo había leído la primera frase. Tras unas galletas de la fortuna algo raras, dimos el día por terminado y nos fuimos a dormir.

Foto del día: no sé si lo he dicho en el post pero el paisaje era siempre igual.

viernes, 28 de mayo de 2010

Día 10 (02-05-2010)

Por fin nos ponemos en camino hacia Las Vegas. Por el camino, hacemos una parada en una antigua central eléctrica, delante de la cual había aparcados cuatro coches clásicos del Club Corvette. Durante un breve lapso de tiempo me planteo seriamente apropiarme de un descapotable negro pero me conformo con hacerle un par de fotos artísticas. Como cobran entrada al museo, salimos de la central. El busca-balas y yo vamos a ver un antiguo Tren de Santa Fe (sí, hoy es todo antiguo) que está al otro lado de la calle. Bueno, no sé si llamarlo "tren", teniendo en cuenta que tiene menos de 100 vagones y sólo una locomotora. Los otros dos se quedan hablando con unos moteros.

Seguimos conduciendo rumbo a Las Vegas hasta que vemos el desvío al Skywalk. Nos metemos por el desvío y, cuando comprobamos que son 50 millas de ida más otras 50 de vuelta, volvemos a la carretera principal que nos llevará a Las Vegas. Allí encontramos señales que avisan un retraso y la carretera pasa de dos carriles por sentido a uno solo, quedando cortado completamente uno de los laterales (el de nuestro sentido, precisamente).

De pronto, nos paramos. ¿Habeis visto los atascazos que salen en las pelis y las series, que la gente hasta se baja del coche? Pues uno de esos. Hay un grupo de chavales que aprovecha la retención para pasarlo bien: bailan, se tiran en monopatín, hacen pases con un balón de fútbol americano, uno sale corriendo detrás de los papeles del coche que se han ido volando... Nosotros nos ponemos a hablar con los del coche de detrás, que da la casualidad de que también son madrileños. Mientras, vemos pasar helicópteros, camiones de bombreos y coches de policía. Conclusión: piñazo. Y gordo.

El busca-balas y el manso se acercan a ver qué ha pasado. No hay heridos (al menos graves) y ha sido un choque más o menos normal, lo que pasa es que esta gente es muy exagerada. Nos tienen allí dos horas, mientras siguen llegando helicópteros y más coches de apoyo.

Por fin nos dejan continuar hacia la Presa Hoover. Pero antes, hay un control, suponemos que por lo que había pasado en Nueva York el día anterior. El control se suma al desvío fallido al Skywalk y al atascazo de dos horas, así que a ver a qué hora llegamos a Las Vegas, que hace ya mucho que va siendo hora de comer.

Llegamos a Las Vefas, sin comer, pero llegamos. El hotel tiene buena pinta y, sobre todo, piscina. También tiene un ascensor con cambios de presión atmosférica y un mueble-bar automatizado. En cuanto lo veo, llamo a los otros dos para hacerles un resumen de todo lo que hay en la habitación (como un albornoz de mujer y otro de hombre, para que vayan decidiendo quién se queda cada uno) y para advertirles del mueble-bar. En cuanto le digo al del restroom que el mueble-bar tiene sensores en los huecos y te carga automáticamente todo lo que saques, oigo que le pega un berrido al otro.

R - (al otro) ¡Tú, ni se te ocurra tocar el mueble bar! (a mí) ¿Y qué pasa si hemos cogido una botella?
L - ¿La habéis vuelto a dejar o está fuera?
R - No, la hemos vuelto a dejar
L - Entonces no pasa nada
R- ¿Seguro?
L - Supongo

Lo siguiente que queremos hacer es darnos un bañito. El del restroom no tiene bañador (recordemos que perdió la maleta), así que la piscina tendrá que esperar un rato. Se baja con el manso en busca de uno y, cuando vuelven, la piscina ya ha cerrado. Problemas de llegar a Las Vegas tan tarde. Por lo menos ya tiene el bañador para cuando lleguemos a California.

Quedamos una hora más tarde para cenar (ya nos saltamos la comida qué más da). Decidimos repetir las 50 alitas de Hooters pero esta vez sin dejarnos engañar por la camarera en la elección de la salsa. Salimos del hotel y decidimos ir andando, porque hemos visto en Google que está cerca. El problema es que, al cabo de un rato, nos damos cuenta de que hemos ido en dirección contraria. Mejor paramos un taxi. Bueno, no hace falta, ya se para él solo al vernos a los cuatro en la acera.

El taxista es griego y tememos por nuestra vida, porque eso de que los griegos conducen mal no es un tópico, hasta ahora se está cumpliendo. También es un rato plasta el señor. Será cosa de la nacionalidad, como lo de conducir mal y hablar a voces. El intento de sacarnos más propina de la debida creo que también, porque todavía me acuerdo de lo rata que era mi jefe de Berlín.

Llegamos a Hooters, que tiene allí un hotel-casino montado. Nos sentamos en el primer restaurante que vemos. Esto... creo que nos hemos equivocado, esto no es el Hooters que buscamos. Le preguntamos a la camarera por las alitas de pollo y se da cuenta de que nos hemos confundido. Muy amablemente nos lleva "donde las chicas guapas", como ella dice, y por fin podemos pedir a gusto nuestra bandeja de cincuenta alitas y una jarra grande de cerveza a la única camarera que no era un orco. Bueno, no era la única, había otra muy mona pero estaba embarazada.

Ya cenados (que falta nos hacía) volvemos en busca de las máquinas tragaperras de 1 centavo y de la discoteca del hotel.casino de turno. Lo de las máquinas tragaperras es simple: el casino invita a beber a todos los jugadores, así que por dos dólares te puedes tomar unas cuantas copas. Por ir a lo fácil, nos metimos en el casino más cercano a nuestro hotel.

Pero primero hay que cambiar a billetes de 1$. Me ven cara de menor de edad y me piden el pasaporte pero lo tiene el busca-balas, que se ha quedado jugando con el manso. El del restroom cambia un billete de 20$ en billetes de 1$. El tipo que nos atiende es hindú (todos los días tenemos que encontrarnos con uno en nuestro camino) y bastante simpático. Cuenta los billetes en español y, cuando no está seguro de cómo se dice un número, nos mira buscando aprobación. Con el cambio en nuestro poder, volvemos donde están los otros dos. El busca-balas ya ha terminado, así que me lo llevo a cambiar pasta. Él cambia euros a dólares y yo cambio dólares a billetes más pequeños.

Como ese casino era un poco truño, tiramos al Bellagio (el de Ocean's Eleven). Allí ya hay máquinas de 1 centavo de verdad y con un dólar estamos un buen rato (y conseguimos que venga la camarera, que es lo que queríamos). Las copas del Bellagio están bien cargadas, yo no sé qué política seguirá el casino respecto a las cantidades de alcohol en las bebidas.

Los siguiente está muy difuso (en realidad no, es que prefiero no acordarme porque fue muy lamentable) y recupero la autoconsciencia cuando, a las 5 de la mañana, me despierta una italiana con la que trabajé pero paso de cogerlo. Sigo durmiendo y me despierto al día siguiente bastante tarde. Ahora tengo dolor de cabeza, un boli bic de Hooters y... ¿pero qué cojones es esto? Ah, claro, lo de anoche...


Muy bien cari. Tú publícalo en Facebook para que se entere todo el mundo de lo que puedes hacer en Las Vegas con unas cuantas copas de más, 40$, un desafortunado "no hay huevos" y que todo te parezca gracioso. Al menos al del restroom le fue bien en Las Vegas y ganó 5$ en las tragaperras de 1c.

Foto del día: mi coche. Mira qué limpito lo tengo.

jueves, 27 de mayo de 2010

Día 9 (01-05-2010)

Seguimos conduciendo por Arizona y nos desviamos de la Ruta 66 para visitar el parque del Gran Cañón. La visita nos lleva la mayor parte del día así que lo siento pero el post de hoy vno va a ser tan largo.

Por la mañana (antes de ir al Gran Cañón) visitamos un par de pueblos abandonados y buscamos (sin éxito) un cementerio de locomotoras. Espero que Hertz no esté siguiendo el coche por GPS, porque el camino que cogimos no venía marcado y había un momento en que, mirando la pantallita del navegador, parecía que habíamos subido el coche a la vía del tren.

El Gran Cañón bien, bonito y muy grande. Sólo visitamos la parte sur y no entera, porque eso es inmenso. De todas formas, nos vino bien tomar el aire y andar algo, que no todo va a ser estar encerrados en el coche haciendo kilómetros y kilómetros. Del parque sólo puedo comentar dos cosas: el Sky Walk (la famosa terraza de cristal del Cañón) no está en el parque, sino en una zona privada, y hay unos cartelitos muy majos de "no hacer daño a las serpientes". ¿Y si me quieren hacer daño ellas a mí qué pasa?

Hicimos la parada de fin de etapa antes de lo habitual, buscamos motel y, como era demasiado pronto para cenar, fuimos a picar algo para hacer tiempo. Parece que a la camarera no le hizo mucha gracia y nos atendió mal, nos puso una docena de once alitas y pasó bastante de nosotros cuando quisimos pedirle la cuenta. Pues te jodes, que no volvemos a la hora de la cena ni te vamos a dejar propina. En ese mismo bar, nos encontramos con el club Harley Davidson de Turingia (Alemania), a los que trataron como a reyes y además tenían pinta de ser habituales.

Volvemos al motel con la intención de lavar algo de ropa, que después de nueve días los calcetines limpios empiezan a escasear. El busca-balas se iba a sumar a la iniciativa pero cuando le explico cómo se lava a mano decide que no anda tan mal de ropa limpia. A mí no me queda más remedio ni más calcetines, así que lavo para tirar unos 4-5 días y nos vamos a cenar.

De nuevo volvemos a tener problemas con los horarios de cierre estadounidenses pero encontramos una pizzería que nos hace el favor de abrirl más rato para hacernos la cena. Eso sí, para llevar, tampoco vamos a ponernos tocapelotas. La señora que estaba allí (suponemos que es la esposa del hombre que nos ha atendido) nos pregunta si lo estamos pasando bien y si estamos haciendo noche allí para ir al Gran Cañón o a Las Vegas. Es maja y parece que le hemos caído bien.

Mientras esperamos a que salga nuestra cena, vemos en Fox News un artefacto sospechoso en Times Square (Nueva York). Han montado un pifostio del quince, porque en las imágenes que ve que cortaron la calle de día y en Nueva York en ese momento es más de media noche. Pero qué exagerados son estos yankis.

Por fin sale nuestra cena. Les dejamos una propina generosa, acorde con el favor de cerrar un poco más tarde para que podamos cenar, y volvemos al motel. Allí cenamos los cuatro juntos y elegimos el hotel de Las Vegas, donde llegaremos mañana.

Foto del día: vista del Gran Cañón.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Día 8 (30-04-2010)

Unas doce millas después de haber salido del motel (y todo de frente), salimos de Albuquerque. Hoy empiezo conduciendo yo, a ver qué me encuentro. De nuevo vuelve a haber rotondas, caminos de tierra y grava, otra curva de la muerte y una curva donde casi nos matamos porque entraban en conflicto lo que me han dicho que no hay que hacer en una curva y las lagunas que tengo con el manejo de coches automáticos, que son muchas. También tuve un ratillo de granizo y nieve en el desierto pero poca cosa comparado con la nevada que le cayó al manso cuando me relevó al volante.

El busca-balas va con diarrea, no sabemos si por las alitas hot de anoche o más bien ha sido una acumulación de excesos gastronómicos a lo largo de la última semana. Antes de salir del motel, se ha empastillado con Fortasec y ha cogido un rollo de papel higiénico, en previsión de tener que dejar rastro en el desierto. Por suerte, no hubo que hacer parada de emergencia.

También nos encontramos una serpiente en medio de la carretera. No estaba viva, estaba atropellada (y no fui yo, en serio) pero me hicieron dar la vuelta igualmente porque le querían hacer fotos. El busca-balas sugiere que nos hagamos las fotos con ella en la mano como si la hubiéramos atrapado. Estás tú que voy a coger una serpiente atropellada y voy a posar con ella. Los otros dos tampoco estaban por la labor, así que ignoramos la sugerencia y seguimos.

En la primera parada, le cedo los mandos del coche al manso, como ya he dicho. No es que me aburriera (con caminos de tierra, curvas de la muerte, clima constantemente cambiante y amenaza de vertido masivo de residuos orgánicos nadie puede aburrirse), es que las almohadas del motel eran horribles y enseguida se me cargó la espalda.

Como nuevo México tiene poco que ver, queda visto a la hora de comer. Paramos en Gallup, precisamente en el último pueblo de Nuevo México, después de una divertidísima tormenta de nieve (con ventisca y todo) en el desierto. La temperatura cayó hasta 28ºF (-2º C). El lugar elegido fue un buffet oriental donde, por primera vez en varios días, comimos fruta (el intento previo fueron unas manzanas raras que cogimos el día 4, justo después de mi incidente con la cafetera.

Después de comer, seguimos con los 28ºF pero ya no nevaba, hacía sol y la nieve acumulada en el coche se había derretido. Menos mal que le hicimos la foto antes de comer y no esperamos a después.

Salimos de Nuevo México sin parar en más pueblos, aunque tampoco había nada que ver, y entramos en Arizona, que tiene otro cambio de hora. En la primera parada que hicimos allí, le compré un Zippo a mi padre como regalo de cumpleaños y el busca-balas se compró otro porque le dio envidia. Tras las compras, continuamos hasta el parque nacional del bosque de madera petrificada, que es enorme y un piñazo. La madera petrificada está al final pero por el camino han puesto un montón de cosas absurdas (porque como Estados Unidos es un país joven que tiene poca historia, cualquier cosa les llama la atención). Dos horas después (saltándonos paradas), llegamos a la madera petrificada.

La fauna del parque era muy variada: jubilados, ciervos y cuervos. Uno de los cuervos nos cogió cariño, aversión o vete tú a saber qué y se dedicó a acosarnos durante un buen rato. Creo que esto fue lo más entretenido de toda la visita.

Después paramos en el motel que tiene las habitaciones con forma de tienda india (creo que los conos de Cars se inspiraron en este motel) y preguntamos el precio a la señora borde que estaba en la recepción. Nos parece una clavada y además la señora nos ha caído, así que continuamos el viaje y nos pasamos del pueblo donde pensábamos parar. En Nuevo México esto es una putada, porque los pueblos están muy alejados y, o retrocedes diez millas, o continúas veinte. Decidimos retroceder y resultó que el pueblo tenía miles de moteles. Escogimos uno cualquiera y nos salió cada habitación por 32$ (mucho más barato que donde la señora rancia). La única pega era que el wi-fi no funcionaba con la clave que nos dieron pero eso se arregla rapiñando conexión del motel de al lado.

Como de costumbre, preguntamos al hindú de recepción dónde podemos cenar, pedimos las toallas que faltan en una de las habitaciones y damos el día por terminado.

Foto del día: documento gráfico que prueba que la nevada en el desierto fue real.

martes, 25 de mayo de 2010

Día 7 (29-04-2010)

Liquidamos Tejas en una mañana. No es difícil, porque la Ruta 66 sólo pasa por seis pueblos de este estado. Pasamos por el Cadillac Ranch y, previamente, por su parodia con VW Beetle. Los VW son mucho más "salaos" que los Cadillac, dónde va a parar. Eso sí, con los Cadillac nos pudimos entretener poquito tiempo, porque seguía haciendo mucho viento y era muy molesto.

También por la mañana, hicimos una parada en un lugar maravilloso llamado Big Texas Ranch y conocido por sus chuletones de 72 onzas (2kg). La gracia del chuletón es que si te comes un cóctel de gambas, los 2kg de carne con su correspondiente acompañamiento de patatas asadas y una ensalada en menos de una hora, no tienes que pagar nada. El record anda por los 8 minutos y 24 segundos, os animo a intentarlo cuando paséis por el acogedor pueblo de Amarillo, en Tejas.

Paramos a comer en el Midpoint (lo que viene siendo la mitad de la ruta). Teníamos dos opciones: un restaurante que tenía pinta de llevar allí un montón de años y donde había un montón de pick-ups aparcadas y el café del Midpoint, que tenía una decoración muy chula de los años 50-60. Paramos en el café del Midpoint y nos arrepentimos de no haber ido al otro, porque fue una clavada y las cantidades no eran americanas.

Tras la pausa, entramos en Nuevo México, estado aburrido y cansino donde los haya. Bueno sí: mucho viento, calor y una bajada brutal de temperaturas por la tarde (de 29ºC a 5ºC). También nos encontramos con un cambio de hora (-1 respecto a Chicago y Tejas).

Hicimos noche en Albuquerque, donde aprendimos muchas cosas útiles sobre la ley de venta de bebidas alcohólicas en Estados Unidos. Básicamente, que tienes que ir con el carnet de identidad por delante y que, según te den la botella cerrada, debes mantenerla así y meterla en el maletero hasta llegar a tu casa. Bueno, si vas con un menor de edad en el coche, ni eso, porque como te paren ya la hemos liado.

Todo esto lo aprendimos después de ir al supermercado a reponer nuestras reservas de zumos y galletas. Durante la compra, a alguien se le ocurrió que podríamos comprar Jack Daniels para hacer un brindis y el cajero, que hablaba español (pero español neutro, como el de Los Picapiedra), nos dijo que al lado había una tienda de licores, donde él también trabajaba. Salimos, echamos un vistazo en busca de la licorería y, como no la vimos, nos subimos en el coche por si estaba lejos. Nada más salir del parking nos dimos cuenta de que, efectivamente, estaba al lado del supermercado. Dimos la vuelta, volvimos al parking y olvidamos este momento tan absurdo.

A la hora de la cena, los chicos se empeñaron en ir a Hooters. A mí me daba un poco de miedito porque, por lo poco que sabía de ese sitio, era muy posible que estuviera lleno de garrulos hartos de cerveza. Luego ya vi que la inmensa mayoría de las camareras eran orcos, que la poca gente que había estaba muy tranquilita y que podías ponerte ciego de alitas por un precio más que razonable.

Pedimos la bandeja de 50 alitas y, a la hora de elegir la salsa, la camarera nos la lió de mala manera. Entre las tres salsas clásicas, no sabíamos si elegir la flojita o la de sabor picante de intensidad media. La camarera nos dijo que eran muy flojas, que podíamso pedir la "hot" sin ningún problema, que no era picante. Bueno el concepto "no picante" puede ser muy relativo, dependiendo de que nacionalidad seas porque el nivel de picante que hace llorar a un español es suficiente para que un mejicano vaya a quejarse al camarero diciéndole "¿pero qué mierda es esto?". Pues bien, la camarera debía de ser mejicana.

Volvimos al Motel y brindamos con chupitos de Jack Daniels antes de irnos a dormir. Estos se dejaron engañar por el Jack Daniels rebajado de los tarados, porque decían que el que ellos probaron estaba más suave. Yo creo que lo mezclaron con zumo de manzana, que es del mismo color, para que la botella de las visitas les durara más.

Ahora es cuando todos estais indignados porque Gamab puso en su Facebook que hoy tocaba la historia del buscabalas y no la he puesto en el post. Tranquilidad, que la estaba dejando para el final.

Resulta que en Nuevo México hay una gran cantidad de pueblos abandonados. Paramos en uno de ellos para hacer algunas fotillos y vimos una casa que, entre otras cosas, tenía agujeros de bala en las ventanas. Como una de las ilusiones de Gamab siempre ha sido tener una bala, aplicó la lógica deductiva y llegó a la conclusión de que, si hay agujeros de bala, hay balas y se bajó corriendo del coche para recoger una. Antes de que se bajara, le di la cámara, por si en el interior había algo interesante que fotografiar (aunque lo dudo mucho). Cogió la cámara, salió corriendo dando saltitos de alegría en busca de balas y, de pronto apareció de vuelta y se subió de un salto al coche con cara de susto.

Por lo que nos contó, vio una serpiente que se movía y la cola de un animal no identificado y escuchó un ruido que no era de serpiente pero tampoco de un animal reconocible. Lo peor de todo es que el muy rancio no hizo fotos del interior así que nunca sabremos qué encontró allí dentro. Y así concluye la leyenda del busca-balas, que será como llamaremos a Gamab en los post de la Ruta 66 a partir de ahora.

Foto del día: "Sí, todo es más grande en Tejas".

lunes, 24 de mayo de 2010

Día 6 (28-04-2010)

Mientras cargo maletas en el coche, me pegan un berrido desde una pick-up con la parte trasera llena de lugareños y de herramientas de campo. Gracias majetes.

Ya en camino, seguimos cogiendo tramos históricos cada vez que podemos, hoy con un viento considerable. Gary Turner nos dijo algo que no entendimos muy bien sobre un tornado y empezamos a sospechar que quizá fuera una advertencia y que pueda estar cerca de nosotros, sobre todo porque cada vez el viento es más potente. Ver a un halcón girar sobre sí mismo en pleno vuelo no tiene precio pero tampoco es que inspire demasiada confianza.

Paramos a comer y preguntamos a la camarera si es normal que haya tanto viento por aquí. Nos dice que sí, que suele hacer mucho viento, pero admite que hoy es un día especialmente malo. Y nada de tornados, que es lo que más nos importa en este momento.

Después de unas hamburguesas de verdad y de intentar ver un partido de la Champion (sin éxito), volvemos a la carretera. Pusimos la radio para asegurarnos de que de verdad no había ningún tornado y nos quedamos más tranquilos. Seguimos hasta un museo (otro más) de la Ruta 66. Hacemos algunas fotos por fuera, entramos y nos encontramos con una recepcionista muy borde. Nos dice que quedan 20 minutos para cerrar. Pues vale, hacemos la visita en 20 minutos, tampoco pensábamos pasar la tarde. Cuando intentamos pasar más allá de la tienda de regalos nos dice que no podemos continuar porque van a cerrar en 20 minutos. Este lugar no puede ser tan grande, señora. En vista del éxito, nos largamos.

Tras el fiasco del museo, llegamos a un lugar que no sé muy bien cómo calificar, que antaño fue un mercado de carne. Allí encontramos a dos tarados llamados Harley y Annabel y que se hacen llamar The Mediocre Musicians y a los que nosotros llamamos simplemente "los tarados".

Cuando llegamos allí, había un matrimonio de mediana edad con cara de circunstancias. Me pareció incluso que se alegraban de vernos aparecer. Tampoco coincidimos con ellos mucho tiempo porque, de pronto, desaparecieron. Yo creo que aprovecharon nuestra llegada para hacer la "tres catorce" y largarse. Eso nos tendría que haber servido de advertencia.

El manso y yo teníamos miedo. Me miró con cara de sufrimiento y se fue discretamente a la parte trasera del grupo. A los pocos segundos, yo también me aparté un poco. Los tarados se hicieron los simpáticos, nos sacaron latas de cerveza y nos invitaron a sentarnos. Yo no sé las latas de los chicos como estarían pero la que me tocó tenía por encima algo que iba más allá del polvo común y se aproximaba más al aspecto de las cenizas del volcán Eyjafjallajokull (o a cómo me imagino yo que son las cenizas del volcán Eyjafjallajokull). Luego me dio igual, porque el señor tarado tiró mi lata y, en señal de disculpa, me la cambió por la suya.

Gamab - Ni se te ocurra beber de ahí.
Laura - Tranquilo, tampoco pensaba hacerlo.

Poco a poco, según Harley (claramente perjudicado por los efectos del alcohol y las drogas) intentaba ser gracioso con la única mujer del grupo (yo), me iban entrando cada vez más ganas de largarme de allí. Gamab intentaba dar largas con diplomacia y el del restroom no se enteraba de nada, incluso se vino arriba en un par de ocasiones (quedará grabado para siempre en mi memoria un sentido "electricity is my friend"). Yo creo que tuvo algo que ver con la invitación a chupitos del contenido de una botella de Jack Daniels (no creo que les dieran Jack Daniels a las visitas). No sé, yo hacía como que me entretenía viendo su colección de fotos con los grupos que hacen la ruta 66, cuando en realidad estaba buscando gente fea y poco fotogénica.

Cuando ya queríamos irnos, nos preguntaron si teníamos cámara de vídeo.

Laura - "Uy, pues me la he dejado en el coche" (¡qué pena!)
Tarado - Pues ve a por ella, te esperamos (¡mierda!)

Voy al coche, traigo la cámara y los tarados cierran la puerta con llave por dentro. ¿Es cosa mía o esto es cada vez más siniestro? Miro al manso y le digo telepáticamente "vamos a morir". No sé si le habrá llegado el mensaje mental, porque está entretenido con la cámara de fotos. En vez de matarnos, nos hacen su espectáculo folklórico musical cantando una canción sobre la Ruta 66 y por fin vemos la escapatoria: alguien ha mirado la hora. Uuuuuy, qué tarde es, si nos tenemos que marchar.

Pero no, la cosa no termina. Nos hacemos fotos con ellos en la calle, con la fachada del antiguo mercado de carne de fondo. Después Annabel se pone a repartir abrazos (ya sabéis todos que no me gusta que me toquen sin permiso) y se empeña en que la acompañemos a ver nosequé trastos que tienen en un patio por allí al lado. No sé, todo esto es raro, sobre todo cuando la tarada empieza a mirar hacia nuestro coche e insiste en enseñarnos cosas y en llevarnos a la parte trasera.

Gamab - ¿Has cerrado el coche cuando has cogido la cámara?
Laura - Hostia, no me acuerdo.

Gamab empieza a pulsar compulsivamente el botón de cerrar del mando del coche y se va con el manso a vigilar más de cerca nuestro Ford Explorer lleno de cosas. El del restroom sigue con su subidón (provocado por el Jack Daniels rebajado) y se hace unas cuantas fotos más con la tarada. Bueno, me quedaré con él haciendo fotos mientras digo insistentemente que nos tenemos que ir, a ver si cuela. Y finalmente cuela, pero tarda y la tarada sigue insistiendo en abrazarme.

Nos largamos de allí, salimos de Oklahoma y nos adentramos en Texas. Hacemos noche en el Cactus Inn de McLean, el único motel de la ruta que no tenía hindú (estos eran tejanos). En la habitación hay señales inequívocas de en qué estado nos encontramos, como cuadros con temática vaquera y una lámpara con un señor montando un toro de rodeo en todos los laterales de la tulipa (y que se enciende por contacto con las partes metálicas, cosa con la que nos entretuvimos varios minutos).

Vamos a cenar a un Steak House cercano al motel y constatamos que los tejanos tienen dos características fundamentales: hablan con un acento complicadillo de entender y andan como si acabaran de bajarse del caballo. Esto es así para todos, desde la camarera de 15 años hasta una señora muy mayor que iba agarrada del brazo de su hija.

La cena estaba muy buena, es una lástima que yo ese día no me encontrara bien del estómago y no pudiera terminarme el enorme sándwich de pollo que me pusieron. Eso sí, no pude negarme a probar el filete (de carne picada) ni el mini postre que pidió Gamab.

Foto del día: cartelón del museo de la señora borde.

viernes, 21 de mayo de 2010

Día 5 (27-04-2010)

Hoy por la mañana conduzco yo. Ya iba siendo hora ¿no? Que el coche lo pagamos entre todos. Pasé de Misouri a Kansas, creo que me encontré todas las rotondas de Kansas (dos pero es que aquí son más de poner cruces y semáforos). Terminé Kansas, cosa que no tiene mucho mérito porque la Ruta 66 sólo pasa por tres pueblos, y entramos en Oklahoma. También tuve el honor de encontrarme los primeros tramos de ruta off road (lo que en mi pueblo se llama "camino de cabras"), que primeor eran de arcilla y luego ya pasamos a la gravilla.

Llegados a este tipo de superficie, el coche empezó a culear, por lo que fue Gamab (ya cambiará de nombre en su debido momento) quien tomó el control de la situación (pero no lo hice tan mal). Luego volví a conducir hasta la hora de comer, que lo dejé porque conducir tantas horas seguidas cansa mucho y yo no estoy acostumbrada a hacer trayectos más largos que Fuenlabrada-Fuencarral.

Durante la mañana hicimos una parada en la típica tiendecilla de madera llena de muchas y variadas cosas regentada por un señor mayor. Estuve un rato largo buscando los cebos de pesca, las semillas y demás artículos que uno espera encontrar en un lugar así pero no los vi. Eso sí, el señor tenía un combi tele-deuvedé donde estaba viendo Cars, muy propio para la Ruta 66. Nos preguntó de dónde éramos y nos dijo que estuvo varios años en Europa porque fue veterano de la Segunda Guerra Mundial. También nos advirtió de la inminente llegada de un grupo de jubilados británicos que estaban haciendo la Ruta 66 en autobús (sí, en autobús). Esos no creo que se metieran por caminos de tierra y grava. Salimos de allí justo cuando los británicos invadían la tienda.

Por la tarde encontramos tramos históricos de la ruta, muchos sin pavimentar, pero la mayoría están cortados y hay que dar la vuelta para volver a la carretera. Con estas "excursiones" perdemos mucho tiempo y eso no es bueno, porqueno vamos precisamente sobrados de tiempo según nuestros cálculos.

Pasamos por una ballena azul (ya subiré la foto) donde encontramos un grupo de gente pescando. Aunque está en medio del campo, tiene una caseta con dos restroom, así que el hombre del restroom aprovecha para hacaer una visita, c omo cada vez ue hacemos una parada. Le propongo hacer fotos de todos los restroom de la Ruta 66 y luego editar un libro de arate pero no le gusta la idea. A mí me parece buena, sobre todo después de que un tipo hiciera algo parecido con 26 gasolineras.

Los de la pesca también tienen ganas de hablar. Uno de ellos nos pregunta si somos rumanos, supongo que porque hablamos algo que viene del latín que no suena a francés ni a italiano. Tienen un cubo con peces pequeños que usan de cebo para conseguir peces medianos. Nos explican que los peces medianos los utilizarán como cebo para peces grandes. Ahora comprendo el sentido literal de aquello de que "el pez grande se come al pequeño".

Continuamos hasta el museo de Will Rogers, un hombre que tuvo tiempo de hacer muchas cosas en la vida hasta que se piñó con un avión y después fuimos al museo de las armas. Jamás pensé que diría la frase "mira cari, cositas nazis" en un museo de armas de Oklahoma pero uno nunca sabe de lo que es capaz. Lo sorprendente de este museo (aparte del tanque aparcado a la entrada) es que es una colección privada. El dueño del arsenal había intentado hacerse con todos los modelos de todas las armas que había podido, sobre todo rifles. Armas cortas había muchas menos, sobre todo armas modernas, pero ahí estaba ella... el águila del desierto (como cada año, os recuerdo que mi cumpleaños es el 8 de octubre; Irene ya me regaló la suscripción a la Asociación Nacional del Rifle).

La siguiente parada fue Tulsa, capital garrula de América. Por si alguien tiene curiosidad en saber qué pinta tiene Tulsa, os diré que son cuatro rascacielos en medio de la nada. Después de un lío con los parkímetros, descubrimos que no teníamos que pagar y nos pusimos a buscar el "centro del universo", un punto sobre un puente donde se produce una especie de reververación. Es curioso, porque está a cielo abierto, no hay paredes cerca que produzcan el efecto y funcionaba con todo el mundo menos conmigo.

Seguimos la ruta e hicimos noche en Stroud, un pueblo donde debimos de ser los primeros que iban de un sitio a otro a pie y cruzaban calles. Prueba de ello es que la gente nos miraba y que no había pasos de cebra en ningún punto de la calle principal. Volvimos a tener el problema del horario de cierre de los restaurantes y terminamos en una pizzeria donde encontramos a tres familias (cada una con padre, madre y niños pequeños) vestidos como si fueran equipos de algún deporte, cada uno con su número (el mismo para todos los miembros de una familia) y un dorsal que decía si eran padre, madre o hijo. Creo que lo último era bastante obvio pero allá ellos.

El motel de hoy no tiene wi-fi, así que intentamos rapiñar algo en la pizzería con el iPhone del manso para enviar mails a nuestras familias. La verdad es que el motel era muy cutre y en la otra habitación no tenían toallas. Fuimos a quejarnos al hindú de turno, que hablaba aún peor inglés que nosotros, y les llevó una toalla a los que no tenían ninguna y nos trajo dos toallas (más) a la otra habitación. Lo único que me pude llevar de allí fue una caja de cerillas, que no compensa la diferencia entre lo que pagamos y la cutrez del lugar.

Foto del día: recordad, 8 de octubre.



Foto del día (ahora en serio): la ballena.

jueves, 20 de mayo de 2010

Día 4 (26-04-2010)

El día amanece lluvioso, nublado y fresquito. Ahora nos quejamos pero ya lo echaremos de menos cuando estemos atravesando el ardiente desierto, como el Príncipe Encantador de Shrek. Ayer cruzamos a Missouri, que es algo más garrulo que Illinois, así que no quiero pensar cómo será cuando estemos por Tejas.

Yo empiezo la mañana bien: cargándome una cafetera. Intenté conseguir algo de leche caliente pero, en lugar de eso, hice el más absoluto ridículo con una cafetera/máquina dispensadora de agua a temperatura de fusión del acero (la adecuada para hacerse un té) que, aún estando apagada, seguía echando café y no tenía botón de parar. Cuatro vasos de agua sucia después y tras pedir auxilio a mis compañeros de mesa y que sólo uno acudiera en mi ayuda (el manso, que para algo es manso), descubrí un microondas y pude terminar de desayunar.

Nos ponemos en marcha y hacemos unas cuantas paradas típicas: gasolineras, restaurantes, museos... Comemos prontito y, a las 3 de la tarde, nos plantamos en la gasolinera Gay Parita, donde encontramos a Gary Turner. El señor Turner, empleado de gasolinera jubilado, tiene unas ganas impresionantes de pegar la hebra con el primero que se atreva a parar. También tiene un Ford B (que funciona, como bien nos demuestra Gary arrancándolo y moviéndolo unos metros) y merchandising de la Ruta 66 en venta.

Gary Turner nos invita a unos refrescos, nos regala cuatro botellas de cerveza de raíz y nos invita (muy insistentemente) a subirnos en el Ford B y hacernos fotos. A cambio, le compramos unas camisetas, placas, matrículas antiguas y lo mejor que pudimos agenciarnos para el viaje: un libro de la Ruta 66 con detalles de todo lo que nos vamos a encontrar, bien ordenadito por estados y por pueblos. Entre el libro y Clint Eastwood, ya tenemos guía suficiente para completar el viaje con éxito.

Pagamos nuestras compras con la intención de marcharnos, que llevamos allí más de dos horas. Gary me regala una chapa y me hace descuento en la camiseta porque le he caído en gracia y nos explica cómo llegar a un lugar llamado Red Oak, un extraño pueblo construido con trastos viejos sacados de la Ruta 66. Antes de dejarnos marchar, Gary se hace fotos con cada uno de nosotros, nos firma autógrafos y nos da su dirección para que le escribamos dándole la nuestra y así poder mandarnos una felicitación navideña dentro de unos cuantos meses.

Nos dirigimos a la siguiente parada: Red Oak. Creíamos que estaba abandonado, hasta que nos encontramos a una señora que vive allí. El pueblo es curioso y hay animalitos: los dos perros de la señora de antes (que no hacen más que seguirnos), pavos reales, gallinas, patos y unos bichos raros que parecen un cruce entre gallina y pato (si alguien sabe de aves, que me diga si esta hibridación es posible). Los animalicos, lejos de vivir en paz, son bastante conflictivos: en el rato que estuvimos allí, algo se cargó a una gallina. Entre esto y una casa abandonada que se podía venir abajo en cualquier momento, decidimos que se podía dar por finalizada la visita.

En el siguiente pueblo, donde decidimos parar a pernoctar, se encontraba White Rose, una vinería que nos recomendó la mujer de Red Oak. Allí vivían un científico retirado de la CIA y su mujer, que era la que hacía las catas de vino y enseñaba la casa a los visitantes. Esta mujer también tenía ganas de charla, así que conversamos con ella mientras hacía el paripé de cómo probar los vinos. Al final de la cata, nos comunicó que todas las botellas estaban en venta, cuánto costaban y las formas de pago.

Sra. White Rose - Podéis pagar con tarjeta de crédito en efectivo y también admito que me dejéis a alguno de vosotros. ¡Oh! (mirando al hombre manso) Tú eres mono.
Gamab - ¿Lo aceptas como pago?
Laura - ¿Cuántas botellas nos das por él?
Sra. White Rose - Bah, tampoco muchas.
Gamab - Entonces no nos interesa.

Sí, hemos intentado cambiar a nuestro amigo por vino de Missouri pero no es tan grave. Según nos contó esta mujer, ya habían intentado dejarle a una niña china. Por suerte, el hombre manso no se ha enterado de la jugada y hacemos un tour por la casa. White Rose es como una casa de muñecas pero a escala real. Al manso le da miedo la decoración de las habitaciones (demasiada muñeca de porcelana). A mí lo que me da miedo es el precio por noche del alojamiento, aunque incluya desayuno.

Después de haber visitado a esta gente, intentamos cenar en un sport bar pero cuando llegamos la camarera nos comunica que ya han cerrado la cocina (y aún no son las 21:00). Vamos a por nuestro coche para ir en busca de un sitio donde cenar, pasando por el camino por delante del coche con frontal ultra-reforzado para atropellar ciervos macho adultos del sheriff, que está comprando nosequé en la gasolinera de enfrente del motel.

Terminamos el día cenando en un burguer de la cadena Braum's, donde una de las chcias que trabajan allí se acerca a nuestra mesa para protagonizar el momento idiota del día:

Niña idiota - Hola, ¿sois de España?
Nosotros - Sí
NI - ¿Y qué hacéis en Missouri?
Nos - La Ruta 66
NI - ¡¡¡Que cool!!! (juro que la chica hablaba con signos de exclamación). ¿Y hablais otro idioma?
Nos - Eeeeeh... sí
NI - ¿Cómo decís pizza? (ellos dicen que no lo oyeron pero yo sí y casi me desmayo) ¿Y cómo decís "hello"?
Nos - Hola
NI - ¡¡Hola!!

No le di dos hostias por si acaso era la hija del sheriff del coche de atropellar animales salvajes.

Foto del día: evolución del coche. Ya no está tan limpio.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Día 3 (25-04-2010)

El hindú del motel nos recomendó un bar típico de la Ruta 66 para desayunar. Según el tipo, el local abría a las 9:00. Según los letreros de la puerta, abrían a las 11:00. Es una pena, porque el lugar es estilo años 60. Hacemos unas cuantas fotos y nos vamos a desayunar al restaurante familiar de enfrente, que no es tan bonito pero también es muy típico.

Por primera vez en el viaje, vemos hecho realidad el topicazo del granjero norteamericano: señor grande, regordete, con botas, peto vaquero (metido por dentro de las botas, of course) y su sombrero, subiéndose en una pick-up con la parte trasera más grande que mi cuarto de baño (que tampoco es que sea desmesurado para ser un cuarto de baño). Suponemos que, antes de irse al campo con las vacas, se ha metido entre pecho y espalda un señor desayuno como el que nos disponemos a ingerir.

Entramos a desayunar. La camarera es simpática y nos pregunta de dónde somos, qué hacemos por allí, si nos está yendo bien el viaje y esas cosas. Nos da las cartas y tiramos por un desayuno contundente (Como el del señor granjero del párrafo anterior): Gamab, un Route 66 (una sartén con muchas cosas, dos huevos fritos y un muffin inglés); los otros dos compañeros de viaje, dos tostadas francesas; y yo, tres tortitas y jamón a la plancha. Todo acompañado por los correspondientes cafés/tés y zumos, como no podría ser de otra manera. La camarera no está muy convencida con que los chicos sólo desayunen dos tostadas, leche y zumo pero a ver quién le explica que aquí somos más de café sólo y salir pitando a coger el metro.

Después del desayuno y antes de ponernos d enuevo en ruta, pasamos por el restroom (el wc), donde una señora que estaba desayunando en la mesa de al lado me saluda como si me conociera de toda la vida, me pregunta si estamos teniendo buen viaje y me desea buena suerte. Bueno, al menos aquí la gente es maja.

Nos largamos y seguimos con la ruta en serio. Visitamos una gasolinera convertida en tienda de regalos. Cuando llegamos estaba cerrada (suponemos que por ser domingo) pero, al poco rato, apareció una señora en un coche para abrir. Nos agenciamos unas bonitas señales metálicas de la Ruta 66 y continuamos el camino. En Pontiac, donde la policía va en Chevrolet (os podéis reir, es un chiste), visitamos un museo de la Ruta 66 (uno de tantos) y seguimos nuestro camino con paradas en gasolineras abandonadas y rehabilitadas y restaurantes emblemáticos que estaban cerrados, porque está visto que en los pueblos de Illinois todo el mundo descansa los domingos.

En general, el día ha sido productivo pero se está haciendo de noche, queremos pasar de St. Louis y no encontramos ningún motel. Al final tiramos de cadena hotelera, que es más cara que un motel pero tampoco es que tenga muchos lujos. Por lo menos al día siguiente tendremos el desayuno gratis.

Entre otras cosas, hoy hemos aprendido a admirar a Clint Eastwood. ¿Porque ha dirigido muchas pelis? No. ¿Porque ha trabajado con Sergio Leone? Tampoco. Porque masca tabaco. ¿Y esta tontería? Pues no es ninguna tontería. Resulta que Gamab paró en una gasolinera y compró unas bolsitas similares a las de té (pero mucho más pequeñas) de tabaco de mascar con sabor a melón. Tres de los cuatro viajeros hicimos el intento de probarlas pero todos acabamos escupiendo por la ventanilla y acudiendo a las garrafas de zumo. Clint, te admiramos más que nunca y te convertirás en nuestro nuevo guía espiritual. Se acabó el hacer frases de Chuck Norris, ahora las haremos con Clint Eastwood.

Foto del día: el coche (aún sin mugre) en el museo de la Ruta 66 de Pontiac (Illinois).

martes, 18 de mayo de 2010

Día 2 (24-04-2010)

Mi madre me manda un sms por la mañana (mañana de Chicago, se entiende) preguntando si hemos llegado. Sospecho que mi Movistar me la ha vuelto a jugar y los SMS que mando desde el extranjero no llegan, como ya pasó en Berlín el año pasado. Como los hoteles tienen wi-fi, decido que el correo electrónico va a ser mi nueva forma de comunicación.

Los objetivos de hoy son: comprar tarjetas SIM yankis para manejarnos por aquí, llamar a Margarita de Aibiria para preguntar por la maleta perdida, hacer algo de turismo por Chicago y largarnos de la ciudad. La mañana se va entre las compras de las tarjetas SIM y reponer la ropa de la maleta perdida, ya que Margarita nos dice que no hay señales del equipaje. Cuánto tenemos que aprender todavía de las novelas del Mundodisco, sobre todo a la hora de viajar.

Por la tarde vemos Chicago, nos hacemos tarjeta de cliente de una cadena de farmacias (que allí son algo así como un Maxi Dia con un dispensario al fondo a la izquierda), compramos 14 litros de agua en 28 botellas de medio litro y cosas para picotear en el coche, nos hacemos la foto de rigor con la señal de inicio de la Ruta 66 y salimos de Chicago. Oficialmente, ha empezado la Ruta 66.

Al final hacemos noche en Wilmington (Illinois). Íbamos a parar en el pueblo anterior pero la mujer de la gasolinera nos dijo que el motel era poco recomendable los fines de semana y nos aconsejó seguir hasta Wilmignton. Allí, el hindú del motel (el primero de muchos), nos aconsejó un lugar de cenar.

El sitio se parecía a la Taberna del Cangrejo de Me llamo Earl. Con un poco de miedo y temiendo que nos rompieran un taco de billar en la espalda a la mínima de cambio, le preguntamos a la camarera dónde nos sentábamos para cenar. Afortunadamente, nos mandó a la otra parte del local, que era muy acogedora, estaba forrada en madera y donde nos atendió una amable mujer mayor muy agradable. El cocinero nos miraba raro pero cuando se trata de un tío de 150kg y lleno de tatuajes, tampoco es plan de molestarse por tonterías ¿verdad?

Yo pedí pizza, Gamab y el hombre del restroom creyeron que habían pedido un sándwich de pollo pero en realidad era de pescado y el hombre manso quería algo ligero y pidió una ensalada césar. Por desgracia para él, que tenía intención de cenar poco, le sirvieron un plato hondo del tamaño de una palangana. Nos llevamos las dos porciones que sobraron de mi pizza de 18 pulgadas en una caja y a dormir.

Foto del día: Chicago.

lunes, 17 de mayo de 2010

Día 1 (23-04-2010)

Llegamos al aeropuerto O'Hare de Chicago y lo primero que encontramos es una cola del copón para entregar los visados y pasar el control de pasaportes. A Gamab y a mí nos toca un tipo muy majo (Mr. Williamson), al hombre manso le toca uno más sosete, que le pregunta dónde trabaja y cuántos días estará en Estados Unidos, y al hombre del restroom le toca el estreñido, que lo retiene durante un montón de tiempo, mientras los demás vamos a buscar las maletas.

La maleta del hombre del restroom no aparece pero hay una parecida a la suya dando vueltas a la cinta, lo que hace sospechar que se trata de un error humano. Reclamamos en Iberia (a partir de ahora "Aibiria") pero nada. Margarita (la señora latinoamericana de detrás del mostrador) va a ver si la encuentra y nos da un teléfono en una hoja escrita íntegramente en Comic Sans. Nota: no te fíes de una compañía aérea que redacta las notas informativas en Comic Sans.

El siguiente paso es ir a recoger el coche. Las apuestas apuntan a Trail Blazer, Tahoe (ojalá), Suburban y Ford Explorer. Nos ofrecen el Tahoe (¡¡¡bieeeen!!!) pero hay que pagar un plus de 15€ al día para que nos incluyan el GPS (oooooh), así que nos dan un Ford Explorer rojo metalizado muy bonito que irá cambiando de color durante el viaje. El interior parece cuero y madera pero finalmente es plástico que imita cuero y plástico que imita madera. Por algo es el coche más barato que se puede alquilar en el que quepamos los cuatro con todos nuestros trastos (y tiene GPS).

Comparado con el resto de coches típicos americanos (entre los que destaca el Silverado, al que a partir de ahora llamaremos "Asilvestrado, el coche de los garrulos" o sólo "Asilvestrado") no es tan grande. Comparado con los coches europeos que hay en Chicago (la inmensa mayoría) es enorme. Por los coches, los precios de los restaurantes y las tiendas y los miles de edificios de apartamentos de lujo que hay, deducimos que en Chicago están podridos de pasta.

Al llegar al hotel vemos un mueblecito de metacrilato en el que, según un cartelito, debería haber galletas caseras para los huéspedes pero está vacío. El recepcionista es un señor muy majo, se da cuenta, se va por una puerta y, al rato, empieza a oler a galleta recién hecha. Madre mía, son las mejores galletas que he probado nunca; creo que le voy a decir a Hell's Tea que aprenda a hacerlas, así le saca provecho a su horno wireless.

Después de dar una vuelta por el centro de la ciudad, hacer algunas fotos y que nos claven por aparcar(4,25$ la hora, hasta un máximo de dos horas), volvemos al hotel. De paso, cogemos algo en el drive-thru del Burrikin (si es que esta gente va en coche a todo) y nos vamos a dormir pronto porque estamos destrozados, cosa normal cuando tu día tiene 31 horas en vez de 24.

Ah, y vimos un tren de 142 vagones, que los conté uno por uno mientras esperábamos a que pasara para poder cruzar el paso a nivel.

Foto del día: nuestro coche, todavía limpio.

viernes, 14 de mayo de 2010

Ruta 66

Cuatro personas. Dos semanas. Un Ford Explorer que empezó siendo rojo metalizado y terminó rojo arcilla (con más arcilla que rojo). Nueve estados (los 8 de la ruta más Nevada). 3.700 millas. 2.500 fotos. 180 minutos de vídeo. Muchos galones de gasolina. 28 botellas de agua. 6 garrafas de zumo. 111 alitas de pollo. 8 moteles (uno de ellos sin wi-fi) y 4 hoteles. Dos desvíos de la ruta. Mogollón de caminos de tierra. Dos parques nacionales. Muchas vacas. Decenas de Asilvestrados (Silverados). Cientos de camiones. Una maleta perdida. Dos gordas.

A partir del lunes, todo esto tendrá sentido. Será entonces cuando empiecen los post de la Ruta 66.

domingo, 2 de mayo de 2010

Viva Las Vegas

No, no he desaparecido. Tampoco he muerto en mitad del desierto de Arizona ni me han pegado un tiro desde una camioneta llena de confederados en Tejas (aunque sí me pegaron un berrido desde una camioneta llena de granjeros de Misouri). Ya hemos pasado más de la mitad de la Ruta 66, el problema es que no ha habido tiempo de actualizar. Dada la paliza que nos pegamos todos los días a hacer millas, cuando llegamos a los pueblos sólo hay tiempo (y ganas) de cenar, ducharse e irse a dormir.

Ayer y hoy tocan los dos desvíos que vamos a hacer de la Ruta 66: el Parque del Cañón del Colorado (la parte sur, por Arizona) y Las Vegas. Ayer estuvimos en el Cañón del Colorado y es impresionante. La famosa terraza de suelo de cristal no está aquí, está en Nevada y es de propiedad privada.

Esta tarde-noche (ahora son alrededor de las 8 la mañana, cosas de usos horarios) llegaremos a Las Vegas. Hemos pillado un hotel muy guay a un precio inmejorable. Pero lo que será impagable es ver la cara del aparcacoches con traje de Armani cuando le soltemos las llaves de nuestro Ford Explorer de alquiler. El coche es de color rojo arcilla, cada vez menos rojo y más arcilla, porque le hemos cogido afición a los caminos de tierra (algunos formaban parte de la Ruta 66 años ha y otros porque nos apetece y porque para algo hemos pillado un 4x4).

Tranquilidad, que tengo un cuadernito en el que voy apuntando qué hacemos y por dónde pasamos todos los días, del que tiraré en su debido momento (es decir, cuando haya tiempo) para actualizar blog. Y fotos, muchas fotos.

jueves, 22 de abril de 2010

¿Preparados?

Pues la verdad es que no, porque tengo mi cuarto que parece Normandía después del desembarco. A ver si terminan de cargarse los cacharros (teléfono, iPod y cámara de vídeo), puedo meter los cargadores en la maleta, revisar y cerrar. Y lo que se quede aquí, pues se ha quedado, que yo siempre que salgo de viaje me olvido algo en casa.

No os preocupéis, que os mantendré informados. Llevo 3gb de memoria en la cámara de fotos y además el grupo lleva un portátil y contrataremos una conexión de datos básica con alguna compañía estadounidense. ¿Qué significa? Que iré actualizando y subiendo fotos siempre que sea posible. Bueno, el tema de las fotos depende del límite que tenga la futura conexión.

Bueno, a ver si termino de organizarme. Nos vemos.