lunes, 21 de febrero de 2011

Siniestro total

Lo que son las casualidades. Un tipo se piña con el coche en Barcelona, lo deja siniestro y, unas semanas después Patri recibe una llamada telefónica un sábado a las once de la noche para pedir consejo sobre vinos manchegos. Y ahora yo estoy escribiendo esto después de haber desguazado un coche con mis propias manos en un pueblo de Cuenca. En teoría yo no tendría que haber estado allí pero el destino es caprichoso y así lo quiso.

El viernes por la tarde, mientras me preparaba para ir a la piscina, Gamab me dijo que preparara la mochila porque en menos de una hora tenía que irme con él y con un amiguete suyo todo el fin de semana a un pueblo de Cuenca (del que se dice que es el lugar de origen del gañán de La Hora Chanante). En ese momento, cancelé todos mis planes, busqué la ropa más asquerosa que tenía en el armario (lo cuál no fue complicado) porque había previsión de mancharse mucho y les conté la historia a mis padres, que como estaban constipados no se quejaron mucho pero debieron de flipar un poquillo. La historia es que este amiguete había comprado un coche siniestrado, del mismo modelo que el suyo, y quería sacar las piezas, algunas para su propio coche y otras para venderlas.

Cogí mis trastos, eché las pastillas de la alergia y dos paquetes de kleenex al macuto y bajé al cajero, que no hay que salir de viaje sin efectivo. Cuando iba camino al punto donde me recogerían, me encontré con un antiguo compañero del colegio, que no influyó en el desarrollo del fin de semana pero lo que nos ocurrió ya hacía presagiar que los dos días que tenía por delante iban a ser, cuanto menos, peculiares. Pasó un cani típico de Fuenla corriendo como si le fuera la vida en ello y , unos metros por detras, otro chico, claramente con ganas de matar al cani que, supusimos, acababa de robarle. Miramos al parque que teníamos enfrente para ver cómo se desarrollaba la persecución y entonces vimos otras dos persecuciones más.

Sin poder quitarme la imagen del "Día internacional de las persecuciones" de la cabeza, continúe mi camino y esperé a que vinieran a recogerme. Si hay algo que he aprendido siendo yo durante tanto tiempo es que ningún hecho absurdo permanece aislado, siempre es el principio de una sucesión de acontecimientos. Esto quiere decir que, si ya empezaba así el fin de semana, después podía ocurrir cualquier cosa. Por suerte, el viaje transcurrió sin incidentes pero al llegar a la casa no había forma humana de dar la luz. Varios minutos, la batería de un móvil y un buen porcentaje de la carga de un Zippo después, conseguimos dar la luz. Como tengo ese pequeño problemilla de fobias, no se les ocurrió nada mejor que decirme "tú vete a la calle, que hay Luna llena", frase que a mí me sonó un poco como "sal al patio, a ver si aparece algún lobo". Seguro que no quisieron decirme eso pero es que yo a veces tengo una imaginación muy poderosa.

Antes de dormir vimos una peli muy mala pero muy entretenida, consecuencia de no haber sido capaces de conectar una videoconsola a una tele. Qué le vamos a hacer, sólo había eso o una peli de La 2 en la que salía un señor con boina durmiendo en un sillón orejero. Lo mejor de la peli fue la tanda de chistes malos del final, incluyendo "¿Qué es un granjero con una oveja debajo del brazo? Un playboy" (es posible que estuviéramos sugestionados por las historias que el comprador del coche siniestrado nos contó sobre los habitantes del pueblo). Luego nos fuimos a dormir, que al día siguiente había que currar.

Fuimos muy productivos, la verdad, y por la noche, como recompensa, nos fuimos a cenar al pueblo principal de la zona, cuyo número de habitantes, según Wikipedia, es "parámetro erróneo". Vamos, que hay más bien poquitos datos. Eso sí, el pueblo tiene Mercadona y puticlub. Tras el desastre de la comida en el bar del pueblo (ya no pienso que es imposible quedarse con hambre en un bar de pueblo), nos dimos un homenaje pero necesitábamos una cosa: vino. La carta del restaurante tenía más páginas de vinos que de comida, así que, ante tal avalancha de datos, decidí tirar de contactos y pedir consejo a Patri (que más tarde me confesaría que se asustó un poco al ver una llamada mía a esas horas pero es que ella es así de tierna).

No sé en qué orden fuimos sacando piezas, sólo que nos distribuimos por todo el coche y empezamos a aflojar tornillos y soltar grapas hasta que iban saliendo piezas. Tampoco creo que os interese mucho saberlo, sólo que el resultado final, después de día y medio de trabajo, fue algo así:

No está mal ¿verdad? Sobre todo si tenemos en cuenta que el coche entero había sido algo así. Dejamos el asiento del conductor y el diferencial, que el padre del dueño del coche decía que quería tener algo con que entretenerse esta semana, cuando fuera al pueblo a pasar unos días. También dejamos los discos de freno pero eso lo hicimos porque fuimos incapaces de sacarlos.

Mi jefa dice que debería poner mis recientemente descubiertas habilidades de desguazadora de coches en algún lugar de mi curriculum. Aún estoy dudando si ponerlo junto con la retahíla de programas informáticos y cursos del INEM o en la sección "otros datos", debajo del tipo de carnet de conducir.


Epílogo: la fiesta de la espuma

Cuando estábamos recogiendo para marcharnos, el dueño del coche y organizador del fin de semana desguazando puso el lavaplatos. Antes de irnos, fuimos a la cocina a comprobar que había terminado y que todo estaba en orden antes de cortar la luz y el agua y vimos una masa de espuma que emanaba del lavaplatos y se extendía por el suelo. En aquel momento, tuve una revelación:

Laura - Xxxxxx, ¿qué le has echado al lavaplatos?
Dueño del coche - Fairy

Dicho esto, miré a la encimera y, efectivamente, vi un botecillo transparente con Fairy Limón de fregar a mano. Lo único que pensé fue que por lo menos no se nos había ocurrido poner una lavadora.

viernes, 18 de febrero de 2011

Frase de la semana

Autor: mi jefa. Momento: ayer por la tarde. Contexto: mejor lo explico después, que si hago mal el post me puede quedar un poco bastante ofensivo. Frase:

"Ser rubia es un estado del alma"

El caso es que ayer por la tarde recibí un par de comunicaciones (concretamente un mail y un comentario en una red social) de una persona que no sé si es que vive en su propio mundo ajena completamente a lo que se haga, diga o escriba a su alrededor o directamente es tonta. La segunda teoría rebotó en mi mente con tanta fuerza que salió disparada por mi boca y exclamé "¡Esta tía es tonta!" de manera totalmente involuntaria, lo que originó la siguiente sucesión de palabras:

Laura - ¡Esta tía es tonta!
Jefa - ¿Es rubia?
Laura - Nu, es morena
Jefa - Eso es lo de menos. Ser rubia es un estado del alma

El caso es que mi jefa y yo llevamos tanto tiempo utilizando el adjetivo "rubia" con el más peyorativo de sus significados que ya no lo decimos para referirnos a las mujeres con el pelo claro. Según la lógica imperante en el pequeño espacio de la redacción que forman nuestras dos mesas (y en el que recientemente hemos colocado un radiador eléctrico, que no es importante para el desarrollo de la explicación pero da igual) una mujer puede tener el pelo claro, cual walkiria vikinga, y no ser rubia o tener una larga y voluminosa cabellera color azabache y aplicarle la calificación de rubia sin ninguna duda.

Dicho esto, voy a preparar los trastos para ir un ratillo al gimnasio.

martes, 15 de febrero de 2011

En forma

Después de años sufriendo problemas de espalda, he tomado una decisión drástica: apuntarme al gimnasio. He de decir que, por el momento, estoy cumpliendo, aunque no descarto que en el futuro haya algún día en que el calorcito del edredón nórdico me retenga y prefiera quedarme remoloneando en la cama a hacer dos series de algún estúpido ejercicio, como el pájaro.

Para apuntarse a un gimnasio hay que tener en cuenta distintas variables. Fundamentalmente, tiempo, presupuesto y fuerza de voluntad. Sobre todo fuerza de voluntad. Está muy bien saber lo quieres/debes hacer pero otra cosa es tener ganas para ir con asiduidad a escuchar la Máxima FM y los jadeos de los 'mazaos' cuando levantan tres veces tu peso.

El siguiente paso es elegir gimnasio. Por lo que he podido apreciar, los hay de dos tipos: el gimnasio 'cool' (también llamado gym) y el gimnasio de barrio. Los primeros tienen nombres superestupendos que transmiten la sensación de que, si vas, serás guay. Ejemplo claro: O2 Centro Wellness. Es un gimnasio monísimo y modernísimo por el que paso todos los días con el autobús que me lleva de Moncloa al trabajo y del trabajo a Moncloa (el resto del viaje desde Fuenlabrada ya es otra historia, por lo general mucho más larga). Este tipo de gimnasios también pueden incluir en su nombre cosas como "sport", "place" o "gym" pero por mucho que se esfuercen, no hay palabra tan descriptiva del espíritu de estos lugares como "wellness". Y si ya incluyen servicios como "coaching" y algo que lleve la palabra "balance" (léase "bálans"), ya es la rehostia.

Luego están los gimnasios de barrio, esos por los que llevas pasando toda la vida sin apenas fijarte. Extrañanamente, suelen tirar más por nombres orientales, como si pretendieran darte una sensación de paz interior desde el momento previo a cruzar la puerta. Bueno, la verdad es que la Máxima FM y la fauna que frecuenta ciertos barrios (sobre todo si tu barrio está en Fuenlabrada, zona indiscutible de dominación pokera), no incita precisamente a la paz interior, sino todo lo contario. Aunque no prometen "wellness", al menos son asequibles y seguro que hay alguno cerca, lo que para mí ya es suficiente. Con llevar el iPod cargado ya es suficiente para sobrevivir a la Máxima. Lo de la paz interior puede esperar a otro momento.

Una vez eliges gimnasio, tienes que ir a apuntarte. La gente que se dedica a cosas relacionadas con el aspecto físico tiene la cualidad de ser ofensiva sin proponérselo. Si las esteticistas tienen la cualidad de hacerte sentir como un ser peludo con la piel más cuarteada que el sofá de tu abuelo, los monitores de gimnasio saben cómo hacer que una persona se sienta gorda, flácida y débil, aunque lleves toda la vida haciendo deporte regularmente. Yo entiendo que viven de los complejos de los demás pero ¿de verdad es necesario? Por suerte siempre hay alguien que te levanta la moral: la chica regordeta con la que tantas veces te has cruzado por la calle o en el cole y que a los 10 minutos en la elíptica ya está con la lengua fuera. Todos necesitamos a alguien a quien admirar pero también a alguien a quien mirar por encima del hombro para sentirnos realizados. Y no lo digo yo, lo dice Christopher Moore.

A las horas que yo voy al gimnasio, quitando amas de casa aburridas, señoras, jubilados y un par de chicas desesperadas por quemar calorías, sólo está la mujer a la que a partir de ahora llamaremos Madonna (algo así pero sin las gafas de sol), su hija (que sólo se parece en que usan el mismo Pantone de pelo) y los mazaos que hay en cualquier gimnasio a cualquier hora cogiendo peso como mulas. Ahora parece ser que Madonna ha tomado el control y lidera a las chicas desesperadas por quemar calorías (posiblemente antes de una boda o después de un parto) y su hija y les da instrucciones sobre qué ejercicios hacer y cómo. Al ritmo que llevan, calculo que necesitarán unas tres vidas de ejercicio regular (mes arriba, mes abajo) para estar como Madonna (tanto la de los Grammy como la de mi gimnasio de barrio con nombre oriental), incluida la hija. Lo dicho: todos necesitamos a alguien a quien admirar.

De momento no sé si me estará sirviendo de algo o no, que sólo llevo desde el lunes pasado. Sospecho que el gimnasio no será fuente de muchos post, porque a las 9.30 de la mañana hay poco material literario que rascar.

martes, 8 de febrero de 2011

¿Para qué sirve la prensa local gratuita?

No sé qué uso le darán los lectores pero esta mañana ha servido para secar la fuga de la máquina del agua. ¿Qué nuevo desafío nos encontraremos mañana?

lunes, 7 de febrero de 2011

Cada día una aventura

Si hay algo bueno en el periodismo (aunque la verdad es que es una profesión en la que las cosas buenas se pueden contar con los dedos de una mano), es que no es monótono y es raro que un día se parezca al anterior. Todos los días hay marrones, gente loca que llama, noticias absurdas, movidas en los pueblos (que si pido una comisión de investigación, que si te denuncio por contratar a gente a dedo, que si vamos a sacarnos los ojos porque estamos de pre-pre-campaña...), jefes que toman decisiones a la ligera, etc.. Hoy, sin ir más lejos, nos hemos vuelto a quedar sin luz. O casi.

Nada más llegar el trabajo (a eso de las 12:40, porque ya he asumido que voy a salir a las mil entre a la hora que entre y he decidido no entrar nunca antes de las 12:30), se han apagado la mitad de las bombillas de la redacción, las baterías han empezado a pitar y el interruptor de abrir y cerrar la puerta no funcionaba. Nos hemos quedado sin corriente pero sólo en la mitad de las tomas e interruptores de la redacción. Casualmente, ha sido la mitad de la que dependen los ordenadores, la iluminación, el router, la impresora, la calefacción y los teléfonos, así que hemos ido probando de enchufe en enchufe para poder reconectar todo lo que se ha podido (menos los climatizadores y la iluminación, por razones evidentes). Al menos el microondas y la nevera no han caído. Al final hemos acabado con la redacción llena de cables, porque algunos enchufes estaban demasiado lejos y hemos tenido que tirar de alargadores. Afortunadamente, no ha habido que evitar ninguna baja, aunque antes de que se fuera la luz he estado a punto de agredir a dos personas por quitarme la silla buena con la que no me duele (tanto) la espalda y cambiármela por una silla cutre y con el asiento medio desatornillado.

Seis horas más tarde, cuando ya la luz natural no era precisamente abundante (y la artificial se reducía a dos mesas: la mía y la del comercial de publicidad), han aparecido los electricistas a los que llamamos cuando comenzó la avería. Lo primero que han hecho ha sido echarnos la bronca. ¡Tócate los cojones! Así, sin mirar que es lo que fallaba ni nada. El caso es que los ccuatro pringadillos que estábamos allí trabajando hemos tenido que cargar con una culpa que iría destinada a dos personas: el dueño del local y la persona que firmó el contrato de alquiler, por no preocuparse del estado de la instalación. Yo lo siento mucho pero en mi sueldo no se incluyen las tareas de mantenimiento. La diseñadora y yo hemos llegado a un silencioso consenso por Facebook, según el cual entre las dos podríamos juntar la fuerza suficiente para darle una merecida bofetada al electricista, al que se conoce que no le pareció suficiente tardar seis horas en atender una avería, además tenía que hacer que nos sintiéramos miserables.

Han cortado la corriente de toda la redacción (la que nos llegaba) para mirar qué pasaba y cuál era la posible solución. Yo he cogido la hoja que estaba corrigiendo, la he apoyado en una carpeta y me he ido a la cristalera de la calle a terminar la corrección, porque da la casualidad de que justao al lado hay una luz del pasillo del edificio y se veía estupendamente (y cuanto antes termine, antes me voy a casa). Entre la falta de luz y el lazo de unión creado por la bronca del electricista he decidido que era la hora de hacer una confesión:

Laura - Esto... creo que ahora es un buen momento para deciros que tengo nictofobia
Diseñadora - ¿El qué?
(empiezo a pensar que las confesiones están sobrevaloradas)

Al final nos han hecho un apaño pero me da que no será el último día que tengamos problemas energéticos, porque el problema es la caja de los fusibles. Mientras tanto, me planteo explorar fuentes alternativas para generar electricidad, como enganchar cables a las máquinas del gimnasio de enfrente. Por Facebook también me han propuesto usar los mocos como combustible. ¿Alguna idea más?

martes, 1 de febrero de 2011

El día que mi jefa se unió a Twitter

Mi jefa (la buena) nunca ha sido muy de redes sociales, a pesar de que le gustan los frikismos y la tecnología como al que más. Después de varios días leyendo trending toppics de Twitter (o tuiter) en el trabajo, decidió que le hacía gracia, que había mucho hijoputismo concentrado en 150 caracteres y que quería formar parte de ello.

Y allá que fue. Se registró en tuiter, puso un par de entradas frikis y me lo comunicó por gtalk. Ahora somos followers mutuas, con lo cual me temo que no volveré a publicar las actualizaciones de este blog en tuiter. ¿Por qué? Pues porque no me parece muy correcto que mi jefa, que además se sienta enfrente de mí todos los días (y que, por muy maja que sea, sigue siendo mi superior) lea como hecho pestes de nuestro jefe, por muy bien que hable de ella y del resto de compis y por muchas burradas que podamos soltar en el smoking room (que no es una sala precisamente donde vamos con ropa de etiqueta) cuando estamos hartas y o estresadas.

Pues eso, a partir de este mismísimo momento se hace efectiva la no publicación de mis actualizaciones blogueras por tuiter. Bueno, las del otro blog sí, que es bonito, temático y educativo, a la vez que da buena imagen de mí.

miércoles, 26 de enero de 2011

Tiempos de cambio

Estoy escribiendo esta entrada con cierto recelo, porque, esta semana, cada día en el trabajo es una nueva aventura y tengo miedo de que mañana pase algo aún más grave y se me quede el post desactualizado. Al menos hoy he salido de día, que era algo que hacía mucho tiempo que no me sucedía (tanto que ni me acuerdo).

La mejor manera de contar esta historia será en orden estrictamente cronológico y separado por días, así vamos a ello.


Lunes: ¿Planillo? ¿Qué es un planillo?

Para no perdernos con la organización de mi empresa, diré que, en lo que a mí respecta, se puede organizar de la siguiente manera: dueño, jefe 1, jefe 2, jefa y el resto. El dueño sería el que paga nuestros sueldos, por eso lo he puesto en el primer lugar. Además, es el único que puede darles la patada en el culo a los jefes, así que es lógico que esté en la posición más alta del organigrama.

Mi jefa es la que todos los días se enfrenta a la ardua tarea de confeccionar el planillo. Para los no iniciados en el mundo del periodismo, un planillo es un montón de papeles en el que se pintan las hojas con las secciones y la publicidad. Colocar la publicidad en los planillos suele ser todo un desafío, sobre todo desde que el jefe 1 tuvo la idea de poner una serie de páginas en blanco y negro, en las que no podemos meter publicidad porque los anunciantes pagan por aparecer en color. Pero eso es otra historia.

El lunes llegué al trabajo y me encontré a mi jefa en su mesa, con las páginas del planillo y la tabla de publicidad de ese día delante y cara de decir "¿y yo qué cojones hago con esto?".

Laura - ¡Wenas! Uy, qué cara... ¿Qué ocurre?
Jefa - Nada, que jefe 1 ha añadido ocho páginas al periódico de hoy y no hay publicidad para tanto.
Laura - Ni contenido. ¿Cómo vamos a llenar ocho páginas más, si en enero no ocurre nada y apenas tenemos para llenar todos los días?
Jefa - Pues piensan meter seis páginas sobre el congreso del pepé.
Laura - ¿Pero eso da para seis páginas? [al margen de que eso sólo nos quitaría el marrón de hacer cuatro páginas]
Jefa - Yo qué sé.

Una vez hecho el planillo, de pronto el reportaje de seis páginas ya no ocupaba seis páginas (ocupaba menos) y una de las páginas de la sección de Opinión mutó a Internacional (lo sé porque me tocó hacerla antes de irme a casa). Y digo yo, ¿para qué se molestan mi jefa y el comercial de publi en cuadrar todos los días un planillo, si luego se lo van cambiando a lo largo del día?


Martes: Ya lo publicaremos mañana

Igual que todos los días, llego y me encuentro a mi jefa haciendo el planillo del día. Vamos, lo habitual. A las dos y pico, cuando ya estaban todos los temas decididos y le habíamos guardado espacio a una entrevista de dos páginas que iban a hacerle los jefes 1 y 2 a un político local, de pronto me doy cuenta de que mi jefa está hablando por teléfono con el jefe 1.

Jefa - Te mato... pero muerto 'matao'...¿cómo que no se puede publicar hoy?... ¿y ahora qué hacemos?... joder, pero esto me lo tendrías que haber avisado antes
(y así siguió la conversación durante un rato)

Laura - ¿Qué pasa?
Jefa - Que no se puede publicar la entrevista. La han dejado para mañana.
Laura - ¿Y esas dos páginas?

Decidimos que lo mejor era tomarse la vida con calma, porque teníamos que esperar a que ocurrieran una serie de cosas para poder escribir sobre ellas y no podíamos empezar a trabajar. Mi jefa y mi compañera decidieron que era un buen momento para ir a recoger las facturas de un medio con el que colaboran, así que nos abrigamos bien y nos fuimos de excursión en busca de los papeles atrasados.

Allí conocí "el ascensor que sólo sube" (y tampoco es que se le dé muy bien subir) y a gente nueva. Una de esas personas que formaban parte del grupo de gente nueva tenía cerca un ejemplar de nuestro periódico y empezó a preguntarnos por los últimos cambios, que en gran parte van en el diseño pero también en los contenidos.

Chica del otro medio - ¿Pero qué le habéis hecho al periódico?
Jefa - Nosotros nada
Chica del otro medio - ¿La nueva dirección?
Compañera - ¿Tú qué crees?
Chica del otro medio - Es que ya no es local. Porque tú antes cogías, abrías el periódico y aparecía la información local. Pero ahora te pones a pasar páginas [pasa una página] y páginas [pasa otra página] y páginas [pasa otra página] y páginas [pasa otra página] y aquí no aparece lo local por ningún lado
(y, efectivamente, lo local no aparecía por ningún lado)
Jefa - Bueno, ahora tienes el cuadernillo central [desmonta el periódico y saca un cuadernillo de doce páginas]
Chica del otro medio - Jolín, pero está lleno de publicidad. ¿Y cuántos sois ahora en redacción?
Jefa - Pues... ella [me señala], ella [señala a mi compañera] y yo. Tres.
Chica del otro medio [al borde del colapso] - ¿¿¿Tres???
Laura - Bueno, y dos colaboradores externos.

A pesar de ponernos a escribir casi a las cuatro de la tarde, no se nos dio tan mal como cabría esperar. También el secuestro por mi parte de un radiador eléctrico hizo que la jornada fuera más llevadera y aprendí una valiosa lección: no se pueden enchufar los radiadores a las baterías porque la batería se sobrecarga y salta.


Miércoles: Pocas luces

Esta mañana, antes de irme al trabajo, he entrado en feisbuk (esa red social de la que ahora también forma parte mi madre) y he visto esto:


Es decir, que anoche saltaron los plomos. Esta mañana, cuando he llegado al trabajo, me he encontrado a mi jefa, a mi compañera y la secretaria con unos alargadores que estaban conectados a algún enchufe del edificio, gracias a que el guardia de seguridad les ha hecho el favor para que pudiéramos trabajar. Estaban decidiendo cómo colocar los enchufes y alargaderas disponibles para que llegara la corriente al router, a los ordenadores y a la impresora, que es lo básico que necesitamos para poder hacer el periódico.

Lamentablemente, entre lo básico para poder hacer un periódico no se encuentra la calefacción ni la iluminación artificial. Eso significa que hoy había que acabar antes de que nos congeláramos o de que se hiciera de noche, lo que antes sucediera. Para evitar la congelación, mi jefa, que vive cerca del trabajo, ha llamado a su novio, que se ha presentado en la redacción con dos bolsas llenas de forros polares, bufandas, guantes, chaquetas de lana y hasta gorros.

Cuando ya teníamos todo organizado y estábamos trabajando, ha aparecido el jefe 1, que ha decidido que no podíamos estar sin calefacción. Le hemos explicado de todas las maneras posibles que no podía enchufar los radiadores eléctricos, porque sobrecargarían la instalación, y que ya bastante que el segurata nos había hecho el favor de dejarnos rapiñar electricidad como para encima arriesgarnos a dejar sin luz a todo el edificio. Segundos después, las baterías han empezado a pitar como posesas para avisarnos de que fuéramos guardando lo que quiera que estábamos haciendo y hemos visto que el jefe 1, haciendo caso omiso de todas nuestras advertencias, había intentado enchufar tres radiadores. A veces tiene ideas tan potentes que funde los plomos.

Jefe 1 (a mi jefa) - Anda, baja a avisar al de seguridad.
Jefa - ¡Sí, hombre! Bajas tú y se lo explicas [sospecho que, mientras decía esto, estaba pensando "encima que casi te cargas la instalación del edificio, voy a ir yo a dar la cara"].

Después le explicamos que teníamos que darnos prisa porque sin luz no se podía trabajar y en invierno anochece pronto.

Jefe 1- Pues trabajamos con lámparas.
Laura - No vamos trabajar con lámparas, nos damos prisa y terminamos antes de que anochezca.
Jefe 1 - ¿Por qué? Antiguamente la gente usaba lámparas, incluso velas. Podemos poner velas.
Laura - Claro, así además echamos a arder [por no mencionar el fresquete que hace en la Sierra cuando se pone el sol].
Compañera - Esto hay que hacerlo ya. Cuanto antes acabemos, mejor.
Jefe 1 - Pues jefe 2 no viene hasta las nueve.
Compañera - Bueno, que nos mande la entrevista de ayer y la vamos metiendo, así ganamos tiempo.
Jefe 1 - La entrevista no está hecha.
Jefa - Pero si era la que íbamos a publicar ayer.

Al final nos hemos dado prisa y antes de comer ya estaba medio periódico hecho, lo que ha permitido que me marchara a casa aún de día. Si hubiera llegado a casa cinco minutos antes, hasta me hubiera dado tiempo a ir a la piscina.

viernes, 21 de enero de 2011

Feng shui

Ante la inminente llegada de las alergias, no me ha quedado más remedio que ponerme a reordenar mi cuarto para reducir la cantidad de polvo y de objetos que puedan acumularlo, que ya tengo bastante con el plátano de enfrente de mi ventana y la humedad del cuarto del fondo como para encima generar más alérgenos.

A diferencia de la reestructuración de cajones de Irene, la mía no ha sido nada sentimental: no he encontrado más que mierda que no simbolizaba ningún momento de mi pasado, a excepción de unas entradas de cine de una peli muy mala (que a pesar del tiempo aún no se habían borrado, fíjate tú) y un par de fotos del año de maricastaña. Ni que decir tiene que todo eso ha terminado en la bolsa de reciclaje sin ningún trauma ni estremecimiento por mi parte. Hay quien dice que acumular cosas es síntoma de que agarrarse al pasado para no afrontar el presente pero en mi caso es una mezcla de dejadez y vaciarse los bolsillos en cualquier sitio.

Lo preocupante no sólo ha sido sacar una bolsa de reciclaje, otra de papel y media de "resto de residuos" de seis cajones y dos estanterías, ha sido darme cuenta de que acumulo una cantidad inmensa de cosas que en su momento me interesaban o consideraba necesarias. En esa categoría entran periódicos y revistas en varios idiomas (han aparecido cosas hasta en italiano y sueco), pero también garantías y tickets de cosas compradas y/o regaladas, por si había algún problema con ellas, pero que ya no sirven para nada. También he encontrado cosas que alguien dejó en mi habitación arbitrariamentey que no son mías, como papeles con la criptográfica letra de mi padre. Sí claro, encima que tengo poca mierda, tengo que cargar con la de los demás.

Otra cosa preocupante que ha aparecido durante la limpieza ha sido una amplia colección de alcayatas. Sí, esas cosas que se usan para colgar los cuadros. Varias alcayatas, de hecho. No ha sido un hecho aislado, que es lo que hace que la aparición de estos pequeños objetos sea intrigante. Prefiero no saber cómo habrán llegado allí aunque una posibilidad es que alguna parte de mi cuarto forme parte del llamado "universo paralelo de los objetos perdidos" y que uno de los cajones de mi mesilla sea el lugar al que van a parar las alcayatas cuando se pierden. Si alguien tiene en su casa el cajón correspondiente a las gafas, ruego que me avise, que llevo tiempo buscando unas gafas de sol marrones de montura metálica y mis gafas de repuesto (de pasta negra y con muchas dioptrías.

No sé si mi madre se habrá quedado contenta con la reorganización, porque, en su particular uso del castellano, uitiliza "organizado" como sinónimo de "oculto". Eso quiere decir que mi pila de libros de ruso, pulcramente construida sobre un lateral de mi escritorio y que no pienso mover porque es algo que uso y quiero tener a mano, equivale a desorganización. Sin embargo, sus cajones están ordenadísimos porque no se ve lo que hay dentro, aunque cada vez que necesito algo de ellos tengo miedo a perder la mano o a que algo vivo me salte a la cara cual alien y utilice mi cuerpo como nido para sus malignas crías.

Mientras sacaba cosas iba aspirando y quitando polvo (con un paño húmedo, que es como debemos hacerlo los alérgicos) de las superficies libres y de los objetos que han sobrevivido a la criba. Incluso he seleccionado una "caja de los pongos" (pero mucho más pequeña que la que tienen mis padres en el trastero) para guardar todo lo que he quitado de la estantería de los pongos. Tras una breve selección, han sobrevivido el pongo chino macabro, una bruja que me regalaron al final del Camino de Santiago (se supone que es para tener suerte en el trabajo; La Vaga tiene una igual y mira cómo nos ha ido), la velita navideña de La Vaga, un perfumero egipcio que me trajo Ruth y un vasito que utilizo para dejar las horquillas del pelo.

Lamentablemente, todos mis intentos por neutralizar a los ácaros han sido contraproducentes. Más bien creo que se han cabreado, se han revolucionado y ahora surcan velozmente mi habitación en un intento de ahogarme como venganza por la masacre de esta mañana.

Mi madre - ¿Ves como ahora se respira mejor?