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miércoles, 2 de abril de 2014

Entrenamiento para torpes: día 2

Matización: "día 2" no quiere decir que no haya vuelto a pisar el gimnasio ni a calzarme las deportivas desde el día 1, sólo que hasta hoy no ha vuelto a haber entrenamiento mortal.

Empecemos por las conclusiones: creo que de aquí a un par de semanas voy a acabar con las manos como las de un estibador noruego y que mañana tendré que evitar reírme porque ya estoy previendo que va a doler, y mucho. Eso sí, con esto ya tengo hecha la "operación bikini" más que de sobra.

Hoy me han asignado como entrenador a un becario de FP que creo que lo ha pasado peor que yo. Pero me he propuesto que se vaya de las prácticas habiendo conseguido algo. Si puede enseñar a una torpe redomada como yo a subir y bajar por una cuerda sin despellejarse las manos, el resto está tirado (aunque dice que le parece muy difícil dar una clase de zumba).

El cambio de técnica (de la jodida a la asequible, concretamente) ha propiciado un avance más que notable, al menos para mí y mi orgullo. Por ahora no hay que lamentar daños físicos (obviando los que se arreglan con crema hidratante), pero aún no estoy ni cerca de lograr el objetivo al 100%, así que el peligro de hostión todavía no ha pasado.

Casualmente, hoy el Pantone del día es el Rapture Rose (17-1929), que según Pantone es "sensual, ingenioso y dramático", pero también uno de los tonos por los que han pasado las palmas de mis manos en el transcurso de recuperar su color y textura normales.


viernes, 28 de marzo de 2014

Entrenamiento para torpes: día 1

Un buen día, sin venir a cuento, los astros se alinearon y mi padre decidió que iba a perder la tripa (los michelines nunca le han molestado, pero dice que por lo de tener tripa no pasa), mi madre se apuntó a pilates y a mí me liaron para apuntarme a una carrera de obstáculos. Y así, mi padre empezó a salir a andar (próximamente será correr, o eso dice), mi madre se compró toda una colección de accesorios muy cuquis marca Decathlon y yo decidí que en algún momento tendría que empezar a entrenar un poco en serio. Ese momento ha llegado y hoy sin avisar, como las malas visitas.

Después de cuatro días de gripazo, infusiones y Paracetamol, por fin me he encontrado en condiciones para levantarme de la cama a una hora decente (siempre según mis estándares de persona que trabaja por la tarde), me he enfundado las mallas y he bajado al gimnasio.

Nada más entrar por la puerta me ha caído la primera:

Laura: ¡Hola!
Profe: ¡Hola Laura! En quince minutos empezamos con la cuerda.


Por resumir la 'clase' de esta mañana, digamos que hay tres formas de hacer las cosas: la fácil, la difícil y la jodida. Mi profe ha decidido empezar por la jodida y el resultado podía ser más desastroso, pero no por mucho. Menos mal que siempre hay algún bombero cerca para mejorar la media.

Ahora tengo dos mantras: "La cuerda de la carrera tiene nudos" y "Me quedan dos meses para aprender a trepar".

martes, 15 de febrero de 2011

En forma

Después de años sufriendo problemas de espalda, he tomado una decisión drástica: apuntarme al gimnasio. He de decir que, por el momento, estoy cumpliendo, aunque no descarto que en el futuro haya algún día en que el calorcito del edredón nórdico me retenga y prefiera quedarme remoloneando en la cama a hacer dos series de algún estúpido ejercicio, como el pájaro.

Para apuntarse a un gimnasio hay que tener en cuenta distintas variables. Fundamentalmente, tiempo, presupuesto y fuerza de voluntad. Sobre todo fuerza de voluntad. Está muy bien saber lo quieres/debes hacer pero otra cosa es tener ganas para ir con asiduidad a escuchar la Máxima FM y los jadeos de los 'mazaos' cuando levantan tres veces tu peso.

El siguiente paso es elegir gimnasio. Por lo que he podido apreciar, los hay de dos tipos: el gimnasio 'cool' (también llamado gym) y el gimnasio de barrio. Los primeros tienen nombres superestupendos que transmiten la sensación de que, si vas, serás guay. Ejemplo claro: O2 Centro Wellness. Es un gimnasio monísimo y modernísimo por el que paso todos los días con el autobús que me lleva de Moncloa al trabajo y del trabajo a Moncloa (el resto del viaje desde Fuenlabrada ya es otra historia, por lo general mucho más larga). Este tipo de gimnasios también pueden incluir en su nombre cosas como "sport", "place" o "gym" pero por mucho que se esfuercen, no hay palabra tan descriptiva del espíritu de estos lugares como "wellness". Y si ya incluyen servicios como "coaching" y algo que lleve la palabra "balance" (léase "bálans"), ya es la rehostia.

Luego están los gimnasios de barrio, esos por los que llevas pasando toda la vida sin apenas fijarte. Extrañanamente, suelen tirar más por nombres orientales, como si pretendieran darte una sensación de paz interior desde el momento previo a cruzar la puerta. Bueno, la verdad es que la Máxima FM y la fauna que frecuenta ciertos barrios (sobre todo si tu barrio está en Fuenlabrada, zona indiscutible de dominación pokera), no incita precisamente a la paz interior, sino todo lo contario. Aunque no prometen "wellness", al menos son asequibles y seguro que hay alguno cerca, lo que para mí ya es suficiente. Con llevar el iPod cargado ya es suficiente para sobrevivir a la Máxima. Lo de la paz interior puede esperar a otro momento.

Una vez eliges gimnasio, tienes que ir a apuntarte. La gente que se dedica a cosas relacionadas con el aspecto físico tiene la cualidad de ser ofensiva sin proponérselo. Si las esteticistas tienen la cualidad de hacerte sentir como un ser peludo con la piel más cuarteada que el sofá de tu abuelo, los monitores de gimnasio saben cómo hacer que una persona se sienta gorda, flácida y débil, aunque lleves toda la vida haciendo deporte regularmente. Yo entiendo que viven de los complejos de los demás pero ¿de verdad es necesario? Por suerte siempre hay alguien que te levanta la moral: la chica regordeta con la que tantas veces te has cruzado por la calle o en el cole y que a los 10 minutos en la elíptica ya está con la lengua fuera. Todos necesitamos a alguien a quien admirar pero también a alguien a quien mirar por encima del hombro para sentirnos realizados. Y no lo digo yo, lo dice Christopher Moore.

A las horas que yo voy al gimnasio, quitando amas de casa aburridas, señoras, jubilados y un par de chicas desesperadas por quemar calorías, sólo está la mujer a la que a partir de ahora llamaremos Madonna (algo así pero sin las gafas de sol), su hija (que sólo se parece en que usan el mismo Pantone de pelo) y los mazaos que hay en cualquier gimnasio a cualquier hora cogiendo peso como mulas. Ahora parece ser que Madonna ha tomado el control y lidera a las chicas desesperadas por quemar calorías (posiblemente antes de una boda o después de un parto) y su hija y les da instrucciones sobre qué ejercicios hacer y cómo. Al ritmo que llevan, calculo que necesitarán unas tres vidas de ejercicio regular (mes arriba, mes abajo) para estar como Madonna (tanto la de los Grammy como la de mi gimnasio de barrio con nombre oriental), incluida la hija. Lo dicho: todos necesitamos a alguien a quien admirar.

De momento no sé si me estará sirviendo de algo o no, que sólo llevo desde el lunes pasado. Sospecho que el gimnasio no será fuente de muchos post, porque a las 9.30 de la mañana hay poco material literario que rascar.