- Llevo en paro desde que terminé la carrera.
- Mi abuela me odia y tengo constancia de que va por ahí criticándome.
- Mi madre quiere más a Gamab que a mí.
- Mi madre se excusa de la acusación del punto 3 diciendo que "no has salido tan mal pero tienes tus cosas" y que habrá que quererme tal como soy (con tono de "porque eres nuestra hija y después de 24 años ya hemos asumido que no podemos cambiarte").
- Soy bajita (no llegar a las estanterías es un buen motivo para enfadarse con la vida).
- Hace un par de semanas tuve que cancelar a última hora un viaje que llevaba reservado dos meses.
- Hace tres días me pegué un hostión en las escaleras del metro del que tardaré al menos dos semanas en recuperarme.
- Madrugo los sábados.
- Mis compañeros del curso del INEM son lerdos y eso, a la larga, perjudica seriamente la salud.
- Porque estoy tomando tantas pastillas (alergia, estómago sensible después de haber tenido una bacteria que tardaron años en detectar y erradicar y analgésicos varios para la hostia del metro) que ya no sé ni lo que escribo.
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viernes, 19 de febrero de 2010
Por qué creo que debería tocarme la lotería (o algún otro sorteo de Loterías y Apuestas del Estado)
Debería tocarme la lotería (o algún otro sorteo de Loterías y Apuestas del Estado) porque considero que el destino, el karma, el universo o lo que a cada uno de vosotros se os ocurra me debe una indemnización muy gorda. "¿Por qué?" os preguntaréis. Pues por los siguientes motivos:
martes, 22 de diciembre de 2009
Clásicos navideños (vol. I): lotería de Navidad
No, no me ha tocado nada en el sorteo de la lotería, aunque un 5º premio (mira que pido poquito) me hubiera solucionado las navidades y parte del mes de enero. Es lo que tiene llevar un montón de tiempo en paro y no tener ni para el abono transporte (que dejen ya de subirlo, por favor), que cualquier cosa te hace el apaño.
Patri ya publicó en su blog unas cuantas historias de la lotería pero yo no quería hablar de estas anécdotas, sino de las situaciones absurdas derivadas de la adquisición de décimos y participaciones. Todos llevamos décimos a medias con alguien, participaciones de las que nosequién ha hecho para la asociación de nosecuantos, décimos del número de toda la vida (que nunca toca) para cambiar...
Pero mis favoritas, sin duda, son las participaciones de dos céntimos y cantidades similares que te regalan en la peluquería, en el mercado, en la pollería o en la droguería de la esquina. Mi tía y mi prima son aficionadas al coleccionismo de estas cosas y, todos los años, se juntan con una cantidad ingente de ellas. Bueno, también acumulan una cantidad ingente de décimos y de participaciones normales, pero eso es porque en esa rama de la familia tenemos cierta predisposición al juego. Ya hablaré otro día de esa anomalía genética y de cómo se manifiesta en cada uno de los miembros de mi familia, desde los juegos de azar hasta los videojuegos.
También tenemos a mi abuela, que todos los días nos amenaza con morirse (pero bien que se toma las pastillas) y todos los años se enfada cuando no le toca nada en la lotería de Navidad. ¿Para que lo quiere si dice que se va a morir? Si me deja herencia, yo encantada de que le toque, oyes. Como es teleadicta, se traga en directo todas las celebraciones en todos los lugares de España y mira a los agraciados con odio visceral. Menos mal que la tele es unidireccional, porque las señoras de 89 años con bastón que te miran mal acojonan mucho.
Y, ahora que hablamos de loterías, mi madre ya tendría que haber vuelto a casa y han caído muchos premios en Madrid. ¿Se habrá fugado a Uruguay?
Patri ya publicó en su blog unas cuantas historias de la lotería pero yo no quería hablar de estas anécdotas, sino de las situaciones absurdas derivadas de la adquisición de décimos y participaciones. Todos llevamos décimos a medias con alguien, participaciones de las que nosequién ha hecho para la asociación de nosecuantos, décimos del número de toda la vida (que nunca toca) para cambiar...
Pero mis favoritas, sin duda, son las participaciones de dos céntimos y cantidades similares que te regalan en la peluquería, en el mercado, en la pollería o en la droguería de la esquina. Mi tía y mi prima son aficionadas al coleccionismo de estas cosas y, todos los años, se juntan con una cantidad ingente de ellas. Bueno, también acumulan una cantidad ingente de décimos y de participaciones normales, pero eso es porque en esa rama de la familia tenemos cierta predisposición al juego. Ya hablaré otro día de esa anomalía genética y de cómo se manifiesta en cada uno de los miembros de mi familia, desde los juegos de azar hasta los videojuegos.
También tenemos a mi abuela, que todos los días nos amenaza con morirse (pero bien que se toma las pastillas) y todos los años se enfada cuando no le toca nada en la lotería de Navidad. ¿Para que lo quiere si dice que se va a morir? Si me deja herencia, yo encantada de que le toque, oyes. Como es teleadicta, se traga en directo todas las celebraciones en todos los lugares de España y mira a los agraciados con odio visceral. Menos mal que la tele es unidireccional, porque las señoras de 89 años con bastón que te miran mal acojonan mucho.
Y, ahora que hablamos de loterías, mi madre ya tendría que haber vuelto a casa y han caído muchos premios en Madrid. ¿Se habrá fugado a Uruguay?
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