viernes, 21 de mayo de 2010

Día 5 (27-04-2010)

Hoy por la mañana conduzco yo. Ya iba siendo hora ¿no? Que el coche lo pagamos entre todos. Pasé de Misouri a Kansas, creo que me encontré todas las rotondas de Kansas (dos pero es que aquí son más de poner cruces y semáforos). Terminé Kansas, cosa que no tiene mucho mérito porque la Ruta 66 sólo pasa por tres pueblos, y entramos en Oklahoma. También tuve el honor de encontrarme los primeros tramos de ruta off road (lo que en mi pueblo se llama "camino de cabras"), que primeor eran de arcilla y luego ya pasamos a la gravilla.

Llegados a este tipo de superficie, el coche empezó a culear, por lo que fue Gamab (ya cambiará de nombre en su debido momento) quien tomó el control de la situación (pero no lo hice tan mal). Luego volví a conducir hasta la hora de comer, que lo dejé porque conducir tantas horas seguidas cansa mucho y yo no estoy acostumbrada a hacer trayectos más largos que Fuenlabrada-Fuencarral.

Durante la mañana hicimos una parada en la típica tiendecilla de madera llena de muchas y variadas cosas regentada por un señor mayor. Estuve un rato largo buscando los cebos de pesca, las semillas y demás artículos que uno espera encontrar en un lugar así pero no los vi. Eso sí, el señor tenía un combi tele-deuvedé donde estaba viendo Cars, muy propio para la Ruta 66. Nos preguntó de dónde éramos y nos dijo que estuvo varios años en Europa porque fue veterano de la Segunda Guerra Mundial. También nos advirtió de la inminente llegada de un grupo de jubilados británicos que estaban haciendo la Ruta 66 en autobús (sí, en autobús). Esos no creo que se metieran por caminos de tierra y grava. Salimos de allí justo cuando los británicos invadían la tienda.

Por la tarde encontramos tramos históricos de la ruta, muchos sin pavimentar, pero la mayoría están cortados y hay que dar la vuelta para volver a la carretera. Con estas "excursiones" perdemos mucho tiempo y eso no es bueno, porqueno vamos precisamente sobrados de tiempo según nuestros cálculos.

Pasamos por una ballena azul (ya subiré la foto) donde encontramos un grupo de gente pescando. Aunque está en medio del campo, tiene una caseta con dos restroom, así que el hombre del restroom aprovecha para hacaer una visita, c omo cada vez ue hacemos una parada. Le propongo hacer fotos de todos los restroom de la Ruta 66 y luego editar un libro de arate pero no le gusta la idea. A mí me parece buena, sobre todo después de que un tipo hiciera algo parecido con 26 gasolineras.

Los de la pesca también tienen ganas de hablar. Uno de ellos nos pregunta si somos rumanos, supongo que porque hablamos algo que viene del latín que no suena a francés ni a italiano. Tienen un cubo con peces pequeños que usan de cebo para conseguir peces medianos. Nos explican que los peces medianos los utilizarán como cebo para peces grandes. Ahora comprendo el sentido literal de aquello de que "el pez grande se come al pequeño".

Continuamos hasta el museo de Will Rogers, un hombre que tuvo tiempo de hacer muchas cosas en la vida hasta que se piñó con un avión y después fuimos al museo de las armas. Jamás pensé que diría la frase "mira cari, cositas nazis" en un museo de armas de Oklahoma pero uno nunca sabe de lo que es capaz. Lo sorprendente de este museo (aparte del tanque aparcado a la entrada) es que es una colección privada. El dueño del arsenal había intentado hacerse con todos los modelos de todas las armas que había podido, sobre todo rifles. Armas cortas había muchas menos, sobre todo armas modernas, pero ahí estaba ella... el águila del desierto (como cada año, os recuerdo que mi cumpleaños es el 8 de octubre; Irene ya me regaló la suscripción a la Asociación Nacional del Rifle).

La siguiente parada fue Tulsa, capital garrula de América. Por si alguien tiene curiosidad en saber qué pinta tiene Tulsa, os diré que son cuatro rascacielos en medio de la nada. Después de un lío con los parkímetros, descubrimos que no teníamos que pagar y nos pusimos a buscar el "centro del universo", un punto sobre un puente donde se produce una especie de reververación. Es curioso, porque está a cielo abierto, no hay paredes cerca que produzcan el efecto y funcionaba con todo el mundo menos conmigo.

Seguimos la ruta e hicimos noche en Stroud, un pueblo donde debimos de ser los primeros que iban de un sitio a otro a pie y cruzaban calles. Prueba de ello es que la gente nos miraba y que no había pasos de cebra en ningún punto de la calle principal. Volvimos a tener el problema del horario de cierre de los restaurantes y terminamos en una pizzeria donde encontramos a tres familias (cada una con padre, madre y niños pequeños) vestidos como si fueran equipos de algún deporte, cada uno con su número (el mismo para todos los miembros de una familia) y un dorsal que decía si eran padre, madre o hijo. Creo que lo último era bastante obvio pero allá ellos.

El motel de hoy no tiene wi-fi, así que intentamos rapiñar algo en la pizzería con el iPhone del manso para enviar mails a nuestras familias. La verdad es que el motel era muy cutre y en la otra habitación no tenían toallas. Fuimos a quejarnos al hindú de turno, que hablaba aún peor inglés que nosotros, y les llevó una toalla a los que no tenían ninguna y nos trajo dos toallas (más) a la otra habitación. Lo único que me pude llevar de allí fue una caja de cerillas, que no compensa la diferencia entre lo que pagamos y la cutrez del lugar.

Foto del día: recordad, 8 de octubre.



Foto del día (ahora en serio): la ballena.

jueves, 20 de mayo de 2010

Día 4 (26-04-2010)

El día amanece lluvioso, nublado y fresquito. Ahora nos quejamos pero ya lo echaremos de menos cuando estemos atravesando el ardiente desierto, como el Príncipe Encantador de Shrek. Ayer cruzamos a Missouri, que es algo más garrulo que Illinois, así que no quiero pensar cómo será cuando estemos por Tejas.

Yo empiezo la mañana bien: cargándome una cafetera. Intenté conseguir algo de leche caliente pero, en lugar de eso, hice el más absoluto ridículo con una cafetera/máquina dispensadora de agua a temperatura de fusión del acero (la adecuada para hacerse un té) que, aún estando apagada, seguía echando café y no tenía botón de parar. Cuatro vasos de agua sucia después y tras pedir auxilio a mis compañeros de mesa y que sólo uno acudiera en mi ayuda (el manso, que para algo es manso), descubrí un microondas y pude terminar de desayunar.

Nos ponemos en marcha y hacemos unas cuantas paradas típicas: gasolineras, restaurantes, museos... Comemos prontito y, a las 3 de la tarde, nos plantamos en la gasolinera Gay Parita, donde encontramos a Gary Turner. El señor Turner, empleado de gasolinera jubilado, tiene unas ganas impresionantes de pegar la hebra con el primero que se atreva a parar. También tiene un Ford B (que funciona, como bien nos demuestra Gary arrancándolo y moviéndolo unos metros) y merchandising de la Ruta 66 en venta.

Gary Turner nos invita a unos refrescos, nos regala cuatro botellas de cerveza de raíz y nos invita (muy insistentemente) a subirnos en el Ford B y hacernos fotos. A cambio, le compramos unas camisetas, placas, matrículas antiguas y lo mejor que pudimos agenciarnos para el viaje: un libro de la Ruta 66 con detalles de todo lo que nos vamos a encontrar, bien ordenadito por estados y por pueblos. Entre el libro y Clint Eastwood, ya tenemos guía suficiente para completar el viaje con éxito.

Pagamos nuestras compras con la intención de marcharnos, que llevamos allí más de dos horas. Gary me regala una chapa y me hace descuento en la camiseta porque le he caído en gracia y nos explica cómo llegar a un lugar llamado Red Oak, un extraño pueblo construido con trastos viejos sacados de la Ruta 66. Antes de dejarnos marchar, Gary se hace fotos con cada uno de nosotros, nos firma autógrafos y nos da su dirección para que le escribamos dándole la nuestra y así poder mandarnos una felicitación navideña dentro de unos cuantos meses.

Nos dirigimos a la siguiente parada: Red Oak. Creíamos que estaba abandonado, hasta que nos encontramos a una señora que vive allí. El pueblo es curioso y hay animalitos: los dos perros de la señora de antes (que no hacen más que seguirnos), pavos reales, gallinas, patos y unos bichos raros que parecen un cruce entre gallina y pato (si alguien sabe de aves, que me diga si esta hibridación es posible). Los animalicos, lejos de vivir en paz, son bastante conflictivos: en el rato que estuvimos allí, algo se cargó a una gallina. Entre esto y una casa abandonada que se podía venir abajo en cualquier momento, decidimos que se podía dar por finalizada la visita.

En el siguiente pueblo, donde decidimos parar a pernoctar, se encontraba White Rose, una vinería que nos recomendó la mujer de Red Oak. Allí vivían un científico retirado de la CIA y su mujer, que era la que hacía las catas de vino y enseñaba la casa a los visitantes. Esta mujer también tenía ganas de charla, así que conversamos con ella mientras hacía el paripé de cómo probar los vinos. Al final de la cata, nos comunicó que todas las botellas estaban en venta, cuánto costaban y las formas de pago.

Sra. White Rose - Podéis pagar con tarjeta de crédito en efectivo y también admito que me dejéis a alguno de vosotros. ¡Oh! (mirando al hombre manso) Tú eres mono.
Gamab - ¿Lo aceptas como pago?
Laura - ¿Cuántas botellas nos das por él?
Sra. White Rose - Bah, tampoco muchas.
Gamab - Entonces no nos interesa.

Sí, hemos intentado cambiar a nuestro amigo por vino de Missouri pero no es tan grave. Según nos contó esta mujer, ya habían intentado dejarle a una niña china. Por suerte, el hombre manso no se ha enterado de la jugada y hacemos un tour por la casa. White Rose es como una casa de muñecas pero a escala real. Al manso le da miedo la decoración de las habitaciones (demasiada muñeca de porcelana). A mí lo que me da miedo es el precio por noche del alojamiento, aunque incluya desayuno.

Después de haber visitado a esta gente, intentamos cenar en un sport bar pero cuando llegamos la camarera nos comunica que ya han cerrado la cocina (y aún no son las 21:00). Vamos a por nuestro coche para ir en busca de un sitio donde cenar, pasando por el camino por delante del coche con frontal ultra-reforzado para atropellar ciervos macho adultos del sheriff, que está comprando nosequé en la gasolinera de enfrente del motel.

Terminamos el día cenando en un burguer de la cadena Braum's, donde una de las chcias que trabajan allí se acerca a nuestra mesa para protagonizar el momento idiota del día:

Niña idiota - Hola, ¿sois de España?
Nosotros - Sí
NI - ¿Y qué hacéis en Missouri?
Nos - La Ruta 66
NI - ¡¡¡Que cool!!! (juro que la chica hablaba con signos de exclamación). ¿Y hablais otro idioma?
Nos - Eeeeeh... sí
NI - ¿Cómo decís pizza? (ellos dicen que no lo oyeron pero yo sí y casi me desmayo) ¿Y cómo decís "hello"?
Nos - Hola
NI - ¡¡Hola!!

No le di dos hostias por si acaso era la hija del sheriff del coche de atropellar animales salvajes.

Foto del día: evolución del coche. Ya no está tan limpio.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Día 3 (25-04-2010)

El hindú del motel nos recomendó un bar típico de la Ruta 66 para desayunar. Según el tipo, el local abría a las 9:00. Según los letreros de la puerta, abrían a las 11:00. Es una pena, porque el lugar es estilo años 60. Hacemos unas cuantas fotos y nos vamos a desayunar al restaurante familiar de enfrente, que no es tan bonito pero también es muy típico.

Por primera vez en el viaje, vemos hecho realidad el topicazo del granjero norteamericano: señor grande, regordete, con botas, peto vaquero (metido por dentro de las botas, of course) y su sombrero, subiéndose en una pick-up con la parte trasera más grande que mi cuarto de baño (que tampoco es que sea desmesurado para ser un cuarto de baño). Suponemos que, antes de irse al campo con las vacas, se ha metido entre pecho y espalda un señor desayuno como el que nos disponemos a ingerir.

Entramos a desayunar. La camarera es simpática y nos pregunta de dónde somos, qué hacemos por allí, si nos está yendo bien el viaje y esas cosas. Nos da las cartas y tiramos por un desayuno contundente (Como el del señor granjero del párrafo anterior): Gamab, un Route 66 (una sartén con muchas cosas, dos huevos fritos y un muffin inglés); los otros dos compañeros de viaje, dos tostadas francesas; y yo, tres tortitas y jamón a la plancha. Todo acompañado por los correspondientes cafés/tés y zumos, como no podría ser de otra manera. La camarera no está muy convencida con que los chicos sólo desayunen dos tostadas, leche y zumo pero a ver quién le explica que aquí somos más de café sólo y salir pitando a coger el metro.

Después del desayuno y antes de ponernos d enuevo en ruta, pasamos por el restroom (el wc), donde una señora que estaba desayunando en la mesa de al lado me saluda como si me conociera de toda la vida, me pregunta si estamos teniendo buen viaje y me desea buena suerte. Bueno, al menos aquí la gente es maja.

Nos largamos y seguimos con la ruta en serio. Visitamos una gasolinera convertida en tienda de regalos. Cuando llegamos estaba cerrada (suponemos que por ser domingo) pero, al poco rato, apareció una señora en un coche para abrir. Nos agenciamos unas bonitas señales metálicas de la Ruta 66 y continuamos el camino. En Pontiac, donde la policía va en Chevrolet (os podéis reir, es un chiste), visitamos un museo de la Ruta 66 (uno de tantos) y seguimos nuestro camino con paradas en gasolineras abandonadas y rehabilitadas y restaurantes emblemáticos que estaban cerrados, porque está visto que en los pueblos de Illinois todo el mundo descansa los domingos.

En general, el día ha sido productivo pero se está haciendo de noche, queremos pasar de St. Louis y no encontramos ningún motel. Al final tiramos de cadena hotelera, que es más cara que un motel pero tampoco es que tenga muchos lujos. Por lo menos al día siguiente tendremos el desayuno gratis.

Entre otras cosas, hoy hemos aprendido a admirar a Clint Eastwood. ¿Porque ha dirigido muchas pelis? No. ¿Porque ha trabajado con Sergio Leone? Tampoco. Porque masca tabaco. ¿Y esta tontería? Pues no es ninguna tontería. Resulta que Gamab paró en una gasolinera y compró unas bolsitas similares a las de té (pero mucho más pequeñas) de tabaco de mascar con sabor a melón. Tres de los cuatro viajeros hicimos el intento de probarlas pero todos acabamos escupiendo por la ventanilla y acudiendo a las garrafas de zumo. Clint, te admiramos más que nunca y te convertirás en nuestro nuevo guía espiritual. Se acabó el hacer frases de Chuck Norris, ahora las haremos con Clint Eastwood.

Foto del día: el coche (aún sin mugre) en el museo de la Ruta 66 de Pontiac (Illinois).

martes, 18 de mayo de 2010

Día 2 (24-04-2010)

Mi madre me manda un sms por la mañana (mañana de Chicago, se entiende) preguntando si hemos llegado. Sospecho que mi Movistar me la ha vuelto a jugar y los SMS que mando desde el extranjero no llegan, como ya pasó en Berlín el año pasado. Como los hoteles tienen wi-fi, decido que el correo electrónico va a ser mi nueva forma de comunicación.

Los objetivos de hoy son: comprar tarjetas SIM yankis para manejarnos por aquí, llamar a Margarita de Aibiria para preguntar por la maleta perdida, hacer algo de turismo por Chicago y largarnos de la ciudad. La mañana se va entre las compras de las tarjetas SIM y reponer la ropa de la maleta perdida, ya que Margarita nos dice que no hay señales del equipaje. Cuánto tenemos que aprender todavía de las novelas del Mundodisco, sobre todo a la hora de viajar.

Por la tarde vemos Chicago, nos hacemos tarjeta de cliente de una cadena de farmacias (que allí son algo así como un Maxi Dia con un dispensario al fondo a la izquierda), compramos 14 litros de agua en 28 botellas de medio litro y cosas para picotear en el coche, nos hacemos la foto de rigor con la señal de inicio de la Ruta 66 y salimos de Chicago. Oficialmente, ha empezado la Ruta 66.

Al final hacemos noche en Wilmington (Illinois). Íbamos a parar en el pueblo anterior pero la mujer de la gasolinera nos dijo que el motel era poco recomendable los fines de semana y nos aconsejó seguir hasta Wilmignton. Allí, el hindú del motel (el primero de muchos), nos aconsejó un lugar de cenar.

El sitio se parecía a la Taberna del Cangrejo de Me llamo Earl. Con un poco de miedo y temiendo que nos rompieran un taco de billar en la espalda a la mínima de cambio, le preguntamos a la camarera dónde nos sentábamos para cenar. Afortunadamente, nos mandó a la otra parte del local, que era muy acogedora, estaba forrada en madera y donde nos atendió una amable mujer mayor muy agradable. El cocinero nos miraba raro pero cuando se trata de un tío de 150kg y lleno de tatuajes, tampoco es plan de molestarse por tonterías ¿verdad?

Yo pedí pizza, Gamab y el hombre del restroom creyeron que habían pedido un sándwich de pollo pero en realidad era de pescado y el hombre manso quería algo ligero y pidió una ensalada césar. Por desgracia para él, que tenía intención de cenar poco, le sirvieron un plato hondo del tamaño de una palangana. Nos llevamos las dos porciones que sobraron de mi pizza de 18 pulgadas en una caja y a dormir.

Foto del día: Chicago.

lunes, 17 de mayo de 2010

Día 1 (23-04-2010)

Llegamos al aeropuerto O'Hare de Chicago y lo primero que encontramos es una cola del copón para entregar los visados y pasar el control de pasaportes. A Gamab y a mí nos toca un tipo muy majo (Mr. Williamson), al hombre manso le toca uno más sosete, que le pregunta dónde trabaja y cuántos días estará en Estados Unidos, y al hombre del restroom le toca el estreñido, que lo retiene durante un montón de tiempo, mientras los demás vamos a buscar las maletas.

La maleta del hombre del restroom no aparece pero hay una parecida a la suya dando vueltas a la cinta, lo que hace sospechar que se trata de un error humano. Reclamamos en Iberia (a partir de ahora "Aibiria") pero nada. Margarita (la señora latinoamericana de detrás del mostrador) va a ver si la encuentra y nos da un teléfono en una hoja escrita íntegramente en Comic Sans. Nota: no te fíes de una compañía aérea que redacta las notas informativas en Comic Sans.

El siguiente paso es ir a recoger el coche. Las apuestas apuntan a Trail Blazer, Tahoe (ojalá), Suburban y Ford Explorer. Nos ofrecen el Tahoe (¡¡¡bieeeen!!!) pero hay que pagar un plus de 15€ al día para que nos incluyan el GPS (oooooh), así que nos dan un Ford Explorer rojo metalizado muy bonito que irá cambiando de color durante el viaje. El interior parece cuero y madera pero finalmente es plástico que imita cuero y plástico que imita madera. Por algo es el coche más barato que se puede alquilar en el que quepamos los cuatro con todos nuestros trastos (y tiene GPS).

Comparado con el resto de coches típicos americanos (entre los que destaca el Silverado, al que a partir de ahora llamaremos "Asilvestrado, el coche de los garrulos" o sólo "Asilvestrado") no es tan grande. Comparado con los coches europeos que hay en Chicago (la inmensa mayoría) es enorme. Por los coches, los precios de los restaurantes y las tiendas y los miles de edificios de apartamentos de lujo que hay, deducimos que en Chicago están podridos de pasta.

Al llegar al hotel vemos un mueblecito de metacrilato en el que, según un cartelito, debería haber galletas caseras para los huéspedes pero está vacío. El recepcionista es un señor muy majo, se da cuenta, se va por una puerta y, al rato, empieza a oler a galleta recién hecha. Madre mía, son las mejores galletas que he probado nunca; creo que le voy a decir a Hell's Tea que aprenda a hacerlas, así le saca provecho a su horno wireless.

Después de dar una vuelta por el centro de la ciudad, hacer algunas fotos y que nos claven por aparcar(4,25$ la hora, hasta un máximo de dos horas), volvemos al hotel. De paso, cogemos algo en el drive-thru del Burrikin (si es que esta gente va en coche a todo) y nos vamos a dormir pronto porque estamos destrozados, cosa normal cuando tu día tiene 31 horas en vez de 24.

Ah, y vimos un tren de 142 vagones, que los conté uno por uno mientras esperábamos a que pasara para poder cruzar el paso a nivel.

Foto del día: nuestro coche, todavía limpio.

viernes, 14 de mayo de 2010

Ruta 66

Cuatro personas. Dos semanas. Un Ford Explorer que empezó siendo rojo metalizado y terminó rojo arcilla (con más arcilla que rojo). Nueve estados (los 8 de la ruta más Nevada). 3.700 millas. 2.500 fotos. 180 minutos de vídeo. Muchos galones de gasolina. 28 botellas de agua. 6 garrafas de zumo. 111 alitas de pollo. 8 moteles (uno de ellos sin wi-fi) y 4 hoteles. Dos desvíos de la ruta. Mogollón de caminos de tierra. Dos parques nacionales. Muchas vacas. Decenas de Asilvestrados (Silverados). Cientos de camiones. Una maleta perdida. Dos gordas.

A partir del lunes, todo esto tendrá sentido. Será entonces cuando empiecen los post de la Ruta 66.

jueves, 13 de mayo de 2010

Resumen del evento

En Berlín, a 10º, sin el más mínimo atisbo de sol y con la calefacción puesta (porque 10º sin sol y con humedad parecen muchos menos), por fin tengo tiempo (y ganas) de explicar qué hecho aquí durante tres días.

El caso es que hay algo llamado Careers in Europe, que de entrada suena muy bien y que se celebra todos los años. Para ir, tienes que registrarte, subir tu CV y esperar pacientemente a que la organización te seleccione. Esta era la tercera vez que lo intentaba pero sólo la primera que me han seleccionado. Comprobé que no chocara con la Ruta 66 y en Berlín que me planté.

El primer día del evento fue la presentación. Con discurso y todo. Allí hablé con los señores de una gran empresa, que me contaron exactamente lo mismo que en Forempleo (pero en otro idioma) y me dieron exactamente el mismo folleto que me dieron en Forempleo (que estaba en inglés, igual que el que me dieron en Forempleo). Pues muy bien, al reciclaje que va a ir, igual que el de Forempleo.

Volví a casa (bueno, a la casa donde amablemente me han acogido estos días) con una ligera sensación de frustación. Creo que es inevitable después de haber hecho 2.000km de más para escuchar "apply by web". Me compré una caja de comida china antes de subir y me metí en la cama del cuarto de invitados con la esperanza de que todo mejorara al día siguiente.

El día siguiente llegó y fue breve. Más de lo que debería, ya que se supone que el evento estaba programado hasta las 19:00 y yo me largué de allí a las 14:30. Visité a todas las empresas (menos la del folletito), escuché un par de "apply web", dos "sólo queremos ingenieros" y un "buscamos gente que hable ruso fluido y que tenga varios años de experiencia en banca para nuestras oficinas de Kazajstán". A los del ruso fluido: ¿qué puñetas hacen ustedes en un evento llamado Careers in Europe para jóvenes que quieren trabajar en la Unión Europea?

También hubo un par de sorpresas positivas: una empresa que te hacía caso, recogía tu CV, te hacía preguntas y se sentaba a hablar contigo durante unos minutos (gracias por prestarnos atención); un chaval que lo tenía más jodido que yo (era filólogo y siempre viene bien ver que no eres la única persona que resulta inútil por no haber estudiado una ingeniería o empresariales); y dos señoras de recursos humanos que accedieron a ver mi CV cuando les dije que hablaba alemán, y que quedaron gratamente sorprendidas por gran parte de la información que éste contenía.

Fue especialmente curioso el caso de una empresa de ingeniería de Munich. Fui a visitarlos y la seleccionadora que quedaba libre se puso a hablar conmigo en inglés y de pie. Me dijo que lo sentía mucho pero que sólo estaban interesados en candidatos que hablaran alemán. Pues muy bien hablemos en alemán. Le conté un poco mi vida y le dije que si quería ver mi CV. Se lo di, leyó la primera página, le cambió, la cara, leyó la segunda página y me invitó a sentarme. Le solté un rollo, le señalé varios puntos de mi CV y quedó bastante contenta conmigo. Esperemos que me tengan en cuenta para algo.

De esta misma empresa conseguí el regalo promocional más absurdo que he visto nunca. Era una cajita metálica mate, metida en otra cajita de plástico opaco. Yo pensaba que era un tarjetero (es decir, algo útil). Cuando llegué a casa y abrí el paquete vi lo que realmente era: un kit para hacer sudokus. Librito con 40 sudokus, un lápiz pequeño, goma de borrar y sacapuntas. Además de esto, conseguí unos cuantos de mis queridos bolis, un paquete con post-it de diferentes tamaños y un librito de notas para repartir tarjetitas a los conocidos con "razón" (mal tiempo, impulso repentino, exámenes próximos...), "propuesta" (cine, copa, película...) y "propósito" (ser positivo, sonreir a la vida, ver todo de color rosa...).

Comí el "lunch" que nos daban allí (tres sándwiches muy decepcionantes), hablé con las dos empresas que me quedaban y fui a casa a cambiarme de ropa. El resto de la tarde la pasé haciendo turismo y preocupada porque han cambiado el nombre de la parada de metro de la puerta de Brandeburgo.

Del último día no tengo nada que contar, porque fui por ir.

martes, 11 de mayo de 2010

Aibiria y el jet-lag

Así es como llaman a nuestra (nunca suficientemente) querida Iberia en los aeropuertos yankis. El haber hecho dos vuelos con esta compañía en menos de 24 horas hace que una sienta ganas de encerrarse durante días y días y dormir y dormir hasta olvidarlo todo. Sobre todo si hay caos de por medio.

Vale, a lo mejor estoy exagerando un poco pero algo de cierto hay. Mi primer vuelo con "Aibiria" salía de Chicago, se retrasó tres horas y ocurrió después de coger un vuelo en San Francisco a horas intempestivas (hora local). Durante la espera (tanto en aeropuerto como la otra hora larga que pasó una vez embarcados), estuve entretenida pensando que el avión se retrasaría tanto que no me daría tiempo a llegar a Berlín por la noche, que las nubes de cenizas colapsarían todo y que Aibiria no me compensaria los daños psicológicos producidos por el pifostio.

Cuando por fin pudimos despegar, cai fulminada por el cansancio y me quedé dormida, situación que se repitió varias veces durante el vuelo. Concretamente, en los segundos posteriores a cada vez que alguien entraba o salía del baño y me daba un codazo, incidentes propiciados por mi privilegiada situación: en el pasillo, tan sólo a tres filas de distancia de los aseos.

Llegamos al aeropuerto (todas las maletas también, como ya conté anteriormente) y me dispuse a ir a casa, rehacer maletas y ducharme. ¿Qué me encontré a mi vuelta? Pues un paquete con dos ejemplares del libro de las bragas y tres más de otra aberración que tuve que maquetar durante mi beca Argo y que no había agua caliente. Me puse a hacer la maleta mientras mi madre calentaba agua para lavarme, como antiguamente y, justo cuando el agua ya estaba calentada, volvió a funcionar el grifo del agua caliente. Luego tuve que cambiar todo de maleta, porque mi madre decidió que la que quería llevarme (una maleta rígida) no era adecuada paralos golpes que se puede llevar un equipaje en un aeropuerto y no se quedó tranquila hasta que no cambié todo a otra maleta (una que a la mínima hostia puede desintegrarse).

Con todo esto, me dirigí al aeropuerto. De pronto, en algún punto del trayecto, me quedé dormida de golpe. Primer efecto del jet-lag. Afortunadamente, conducía mi padre. En el aeropuerto me tocó esperar (una hora de retraso, nada más) y en el avión me tocó un asiento con el botón de abatir respaldo roto (más bien arrancado). Antes de despegar pegué una cabezada que casi parte mi cuello y la ventanilla. Segundo efecto del jet-lag. Así fui todo el vuelo, como si tuviera narcolepsia.

La llegada a Berlín transcurrió sin incidentes. La amiga que me aloja en su casa me dio unas pastillas que vienen muy bien para combatir el jet-lag y ya no me duermo por ahí pero el desajuste horario me ha desajustado también la tripa. Tercer efecto del jet-lag y algo bastante incómodo para un evento en el que tienes que presentarte a distintas empresas para conseguir un trabajo.