lunes, 19 de julio de 2010

Microrrelatos de verano

El otro día quedé con unas ex-compañeras de uno de los muchos cursos para desempleados a los que he asistido. Una de ellas se acordaba de algo de una película o de un libro según íbamos contando historias (sobre todo respecto a las historias de extraños inquilinos con los que compartes piso pero a los que nunca ves). Yo tengo otra cualidad: coger una situación real e inventar un desarrollo y un final alternativos. Gracias a mi abuela, voy a escribir un microrrelato de verano.

Room mate
Antonia estaba ingresada en un hospital madrileño. No es que estuviera especialmente mal, simplemente cosas del verano, que los cambios de temperatura afectan más una vez llegada cierta edad. El estado de sus dos compañeras de cuarto (nada grave), la hacía sentirse mejor, ya que en los hospitales tienen la costumbre de agrupar a la gente según la gravedad del asunto.

La mujer de enfrente era muy maja y había entrado antes que ella. A Eugenia, que así se llamaba, le iban a dar el alta esta mañana pero sintió un mareo (de nuevo el calor), y el médico decidió que se quedara un día más. La señora de la cama de al lado entró después que Antonia. Se llamaba María y una mujer pequeñita y gord que rozaba los noventa años. María llegó al hospital acompañada por su hija, una mujer mandona de pelo cardado que pasaba varias horas al día en la habitación.

Antonia observó que María estaba muy poco estropeada para la edad que tenía, sobre todo mentalmente. A pesar de ello, cuando sus familiares estaban allí de visita, María se hacía la ida, decía que estaba muy cansada, que no podía moverse y exageraba sus dolencias. Cuando la familia se marchaba, María volvía a estar sana por un roble. Antonia estaba algo mosqueada con esta compañera, ya que sospechaba que iba a dar problemas.

Un día, María cambió su táctica. Decidió que dormiría por el día y permanecería despierta por la noche, así no sólo preocuparía a su familia, también a las enfermeras y al médico. Antonia observó este comportamiento y, aprovechando una visita, previno a una de las nueras de María sobre la actitud de la anciana. Antonia tuvo cuidado de escoger a un familiar que parecía no creerse la actuación teatral de María.

Aún así, la nuera pasaba bastante del tema y no dijo nada a los demás. Quizá fuera lo más sensato, viendo cómo estaban todos los familiares de María, tan pendientes de la mujer, y teniendo en cuenta que la relación entre las dos mujeres nunca fue precisamente cordial. El problema es que esta molesta compañera seguía despierta por las noches, durante las que se dedicaba a llamar continuamente al personal del hospital y a gritar "me muero" cuando no acudían a ella.

Al tercer día, terminó la ola de calor y los médicos le dieron el alta a Eugenia esa misma tarde. Eso significaba que Antonia tendría que pasar la noche sola con María. No, desde luego que no. Ella no tenía por qué aguantar las impertinencias de una desconocida, por mucho que el sistema sanitario se empeñara.

A la mañana siguiente, cuando entraron las enfermeras del día después del cambio de turno, María estaba inmóvil. Preguntaron a Antonia si había notado algo raro durante la noche. "Lo siento señorita, yo estaba durmiendo".

6 comentarios:

  1. Lo que tú quieras pero la señora de la cama de al lado ya no sabe qué hacer con mi abuela.

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  2. Qué adorables son las ancianitas...

    ¿Y si juntamos a tu abuela con las dos mías y las mandamos a una isla desierta? XD Besitos!!

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  3. eso eso, tu dales ideas laura, que así como quien no quiere la cosa igual consigues un final impactante y todo xD

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  4. @Vicky: no sé yo, lo mismo implosiona el universo si se encuentran las tres.

    @Mr.: tranquilo, que ya están todas las señoras del relato dadas de alta y no va a haber ningún final impactante.

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